lunes, 1 de octubre de 2018

Pluma favorita


Respira. Tienes que relajarte Brell. Me repetía a mí misma acompasando cada palabra en mi mente con una inspiración. Seguro que el Orbe me otorga algo increíble: una espada bañada en fuego o una llave genera portales o… ¡Ya sé! Un aeropatín, como siempre he soñado. Con él podré volar y recorrer la ciudad en un suspiro. Pero también podía ser algo no tan molón: una escoba que ensucia o un medidor de gracia. Sería patético. ¡Brell, para! Así solo conseguirás ponerte más nerviosa. Y mi corazón seguía desbocado, como queriendo huir de mi pecho. Me sudaban las manos y no paraba de secármelas en los pantalones.
¡¿Dos personas más?! La última vez que miré quedaban exactamente dos personas. ¿Qué le habría tocado a la chica que estaba dentro para que tardase tanto? ¿Una grieta espaciotemporal? Uf, iba a morir allí mismo, antes siquiera de entrar al Umbral.
Bueno, ya entra el siguiente. ¡Qué nervios! Inspira, espira. Inspira, espira. Recuerdo que mi hermana también estuvo super nerviosa el día de su obsequio. Cumplía veinte años, como yo hoy, y no paraba de hacerse y deshacerse el moño. Realmente me hizo gracia, pero ahora que lo estaba viviendo pude comprenderla. Al menos ella consiguió una pistola que dispara balas que ralentizan a los demás. Aun me acuerdo de su cara de felicidad, incluso entró en la guardia que defiende las calles. Yo quería algo para cazar bestias y si podía volar mejor que mejor. Vale, ya me toca. Inspira, espira.
Cruzo la gran puerta del Umbral y descubro una sala circular con cascadas de luz que lo iluminaban todo. Era cálida y acogedora. Y sobre el punto central giraba el Orbe. Era más bello de cómo me lo habían narrado. Una esfera plateada con cristales que formaban dibujos de miles de colores y, entre ellos, pequeños cilindros azulados que la rodeaban, como si de venas se trataran.
“Dulce Brell de cabello rosado y ojos color miel, he mirado en tu corazón y he visto una gran bondad. Para ti esta pluma. Úsala con cuidado.”
¡El Orbe hablaba dentro de mi mente! Y de uno de sus cristales se formó algo alargado y fino. Parecía tener un tacto fluido, pero al cogerlo, pude comprobar que era totalmente sólido. Una pluma hecha de luz blanca, ligera y preciosa. Pero yo no sabía dibujar, ni siquiera se me daban bien las letras. ¿Por qué una pluma?
“Prueba a escribir con ella.”
-        ¿Sin papel? - pude pronunciar levemente.
“Es una pluma de luz, escribe incluso en el aire.”
Vale, eso molaba. Sujeté la pluma y con destreza escribí la palabra “luz” pues es lo único que se me ocurría. Las letras flotaron en el aire según las dibujaba y una vez acabada la palabra estas comenzaron a brillar más intensamente, obligándome a tener que entrecerrar los ojos. Y con la luz desaparecieron. Era más guay de lo que pensaba. Llena de emoción volví a probar escribiendo la palabra “agua” esta vez. Y al acabar y apartar la pluma, las letras se fueros derritiendo, cada vez más fluidas, hasta caer y dejar un charco sobre el suelo. ¡Increíble!
Probé con la palabra gato, ¿crearía vida? Y al acabar las letras se fusionaron para dibujar un gatito de luz que corrió por el suelo hasta terminar desapareciendo. Guay, no era vida real, pero hacía el efecto. Y casi lo prefería, la otra opción me daba un poco de miedo.
“Los límites están en tu imaginación. Y por eso es mi pluma favorita.”
Salí de allí con una sonrisa.



1.bis Fave pen - Inktober 2018

lunes, 27 de agosto de 2018

Sobre el abismo

Caíste del cielo. Al menos eso decía todo el que llegaba a conocerte. Siempre encantador, lleno de dulces sonrisas. Lleno de sueños, de pasos que gastar en caminos olvidados. Joyu, desde el principio fuiste el fulgor de la vida. Espada de luz en mano, guerrero indomable.
Aun recuerdo cuando entramos en la guardia, llenos de ilusión. Llamaste la atención de cada uno de los instructores. No solo eras poderoso, también luchabas de forma elegante. Yo, en cambio, todo desasostroso, terminaba quemando algo por accidente: las espadas de entrenamiento, alguna que otra silla e, incluso, la mesa de la maestra Myr cuando nos subimos a bailar en aquella fiesta. ¿Te acuerdas? Asumiste la culpa conmigo y los dos acabamos limpiando retretes, pero ¿y lo bien que lo pasamos? Para qué engañarnos, siempre que estamos juntos hay risas de por medio. Pero fue el otro día cuando por fin entendí por qué saltan chispas de mi cuerpo, por qué todo acaba ardiendo de forma incontrolable.
Salimos a una de nuestras expediciones fuera de la muralla. Amber, Ron, tú y yo. El equipo de siempre. Parecía una misión sencilla, solo debíamos cerrar un pequeño portal susurrante, nada que no hiciéramos casi a diario. Sin embargo, todo se torció. Los otros no paraban de reírse porque mi ropa siempre tenía alguna parte quemada, preguntaban que cómo se vive con alguien que puede prender fuego a la cama mientras duerme. Y yo, cansado, me adelanté para sanar mi ira con algún devorador que hubiese decidido aventurarse a pasar el portal. Sabía que tampoco lo decían con malicia, simplemente tenía un mal día. Y también sabía cómo mirabas a Ron, todo un espectáculo controlando plantas y flores. Entendí que no supieses si seguirme o quedarte y por eso te dije que prefería estar solo. Y, a decir verdad, era cierto. Supongo que alguna hoja del camino ardió bajo mis pies, ya sabes cómo me cuesta controlar el fuego. Pero la tierra aún estaba húmeda de las tormentas de aquella semana, sabía que no provocaría nada serio.
Fue entonces, tras los pensamientos que nublaban mi ojos, cuando vi aquél devorador gigante. ¿Cómo un ser tan monstruoso pudo cruzar? Nos dijeron que el portal no era muy grande. Sus ocho ojos acechando, su pelo erizado y sus gruesas patas delanteras erguidas. Su grito me heló la sangre. Casi me quedo paralizado pero pude escapar a tiempo del golpe de sus garras. Encendí mi cuerpo en llamas y cree una gran esfera con ellas para lanzársela, pero la desvió de un golpe haciendo que un árbol cercano comenzarse a arder. Salté y disparé a su cara esta vez, tenía demasiadas patas y se deshizo de ella de la misma forma. Yo caí al suelo y me atrapó de forma que no pudiese levantarme. El miedo me devoraba por dentro y sentí mucho calor que liberar. Ardió todo a mi alrededor en un gran estallido y el devorador bramó apartando la pata de mí. Sin embargo, la explosión me había dejado sin energía, quedando yo solo entre llamas que se extendían. Ni la tierra húmeda podría pararlas.
"¡Idiota! Entre tus pisadas y tus explosiones vas a quemar el bosque entero" oí gritar a Amber mientras cristalizaba una de las patas del monstruo y Ron enredaba otra con una de sus hiedras. El devorador se liberó de los ataques y los tumbó de un golpe. Entonces tú, envuelto en luz, conseguiste cegarle y usaste uno de tus rayos de luz sólida concentrado con los cristales de Amber para golpearlo. Nos levantamos y volvimos a la carga. Fuego, cristales punzantes y madera en forma de puños para golpearle. Parece ser que le enfadamos pues su alarido trajo una descarga eléctrica que nos abrasó por dentro. Caímos al suelo y el devorador os atrapó a Amber y a ti con dos de sus garras. Ella colgaba inerte y tú no conseguías liberarte.
"¡Buscaré ayuda!" Ron siempre ha sido un cobarde, mucho tardó en salir corriendo. Y el devorador cada vez te apretaba más y te acercaba a su boca. No podía permitir que murieses. Ahí lo entendí. Vivir sin nuestras risas y nuestros bailes me desgarraba por dentro. Noté las lágrimas inundar mis ojos y concentré toda mi ira. Absorbí cada llama que nos rodeaba y dejé a mi poder bailar de verdad. Todo fuego, salí despedido hacia aquel maldito bicho y liberé todo al contacto de su cara. Recuerdo una gran explosión y colocarme de forma que te afectase lo menos posible. Y caer entre fuego y sangre. Y el negro me fundió por completo.
Desperté bajo el dorado de tus ojos. Y sonreíste y yo lloraba.
"Nos salvaste. Destruiste a esa bestia y pude cerrar el portal." Pero lo mejor fue el calor de tu abrazo. Si hubiese durado un poco más habría quemado las sábanas.
"Ahora descansa." Y besaste mi frente y sentí, con ese beso, que por fin tenía el control sobre mi fuego. Conseguiste mi calma.
Estuviste conmigo, en mi habitación de la torre. Los dos suspendidos sobre el abismo que daba al mar. Tú sonreías y yo reía. Tu mirada con la mía, tan cerca. Y después de que me recuperase siempre venías.
Así que, querido Joyu, mi estrella fugaz, cuando dices que consigo que tu luz sea más cálida yo, tu pequeño fuego, te digo que me mantienes en calma. Que debemos seguir vigilando el mar desde aquí, con nuestra luz cálida y calmada como faro. Tu cuerpo con el mio, siempre riendo y bailando. ¿Aceptas?

martes, 20 de marzo de 2018

Trueno

Trueno

¿Son las lágrimas mi abrigo?
Un grito sin sentido.
El lamento que no ayuda,
una búsqueda ya aburrida.

Soy los pájaros que vuelan,
esparcidos,
temerosos de cualquier ruido.
Un cristal que se agrieta.

Soy las garras que me acechan,
enredaderas,
la tierra removida.

Y mi mirada es trueno,
la nieve derretida.

Pero tu sinceridad es viento,
invisible y frío.
Tu silencio es fuego
y me quemas por dentro.

Tus abrazos, perdidos.
Tu calor se disolvió en el tiempo.
Y mi mirada es trueno,
por lo que sentí y ya no siento.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Blanca Futura Navidad

Hoy debería ser otra mañana más, otro de esos días de Blanca Navidad, pero no es un día cualquiera. Hoy ha llegado un señor gordo que ya lleva varios días manchando todo de rojo, de lucecitas que parpadean por toda la ciudad. Y ojalá fuese Santa, ojalá fuese otro presente lo que me quiere regalar. Pero volvamos atrás, a por qué todo el mundo habla de la Navidad como algo bello cuando para mi siempre es gris y cada vez más oscuro. ¿Y de qué color iba a ser si llegadas estas fechas se nubla mi mente? No se puede tener ilusión cuando se sabe lo que va a pasar. Y he aquí mi secreto, imágenes futuras se suceden ante mis ojos cuando soy expuesto a ciertos estímulos. Vamos, que puedo ver el futuro, cualquier cosa que vaya a pasarme. Es así, debo vivir con ello. Al principio era gracioso, me creía un héroe incluso: "con ello podré salvar a la gente". Pero luego te miran raro, les intentas avisar de lo que va a pasar y nunca quieren escuchar. Así que preferí guardármelo para mí, solo yo como único conocedor del futuro próximo. Y, seamos sinceros, no es muy prometedor. ¿Pero por qué tanto gris? Es un don, casi debería verlo de color de rosa. Sinceramente no es tan divertido, me quedé con ese color en estas fechas cuando me di cuenta de que el mayor frío lo sentía por dentro. Cada vez que empezaba a interesarme por un chico descubría al poco cómo iba a acabar. Y es que siempre acaba, nadie se llega a quedar. Y qué decir de los regalos. Debía poner cara de asombro cuando ya sabía lo que me iba a encontrar. Y se apagó mi ilusión, me volví gris sin más.
Lo peor es cuando sabes que vas a morir a manos de un psicópata el mismo día de Navidad. Si ya sabía yo que el regalo no me iba a gustar. No soy el primero, lleva dejando un buen rastro, y lo que más rabia me da es que ya conocemos su forma de operar. Se creará navideño o algo, pero a cada víctima la decora con lucecitas de colores, como si fuese lo normal. En su mente debe sonar: no te preocupes, que yo puede que vaya a matarte, pero eh ¿y lo guapo que vas a quedar?.
"En su mente se oye en bucle: debo devolverle la Navidad".
¿Desde cuando puedo pensar con una voz distinta a la mía? O quizá es una visión futura, pero no lo siento como tal. Además que mi voz nunca será tan suave y cálida, pero sí que me es familiar.
"¡No puedo creer que te hayas olvidado tan pronto de mí! Antes no podía leer las mentes, pero sí que hubo un tiempo en el que nos leíamos mutuamente."
Y entre la espesa y densa bruma aparece una figura más, alto y desgarbado, y entonces sé que me va a salvar. Veo de forma fugaz como con un solo chasquido duerme al que era mi asesino, todo vestido de rojo, mucho más plácido de lo que cabría esperar. Pero sé lo que vi, en mi visión me llegaba a matar.
"Creo que se debe a mis poderes. Al bloquear mi mente a los demás te es imposible determinar mi futuro, no existo dentro de tus parámetros."
Una persona impredecible. Y sin darme cuenta sonrío, sigo vivo y no lo había visto venir.
Y lo que es mejor, empiezo a recordar. Esa extraña belleza que me hacía soñar, su mirada siempre ha dicho más de lo que podría expresarse con palabras.
"Gracias, uno no recibe halagos así todos los días."
No puedo evitar reirme, esta vez de verdad. No estoy a salvo como para darme libertad al pensar, puede escucharlo todo, pero sé que con él no hay nada que temer. Es aquel chico al que llegué a amar en la universidad, pero no quise dar oportunidad.
- Puedo dejar de escuchar tu mente si así lo prefieres - su voz real le dotaba de un tono elegante.- Pero antes quiero que abras esto.
Saca una cajita con una nota que reza: "Para aquél que sabe si el regalo le va a gustar". Y yo ya sé que la caja esta vacía y no puedo evitar vacilar.
- Haz la prueba, te va a gustar.
Así que no me queda otra que hacerle caso, deshago el lazo y abro la caja. No tenía nada que perder.
Y aun doy gracias por atreverme a abrirla. Mientras levanto la tapa puedo vislumbrar como el interior empieza a brillar. Quito la tapa por completo y surgen miles de haces de luz que me envuelven. De todos los colores, se transforman en distintas siluetas. Y empieza a nevar. Nieve de verdad, por fin desde hace muchos años. Y las luces decoran la calle y la ciudad, y mi cuerpo, pero esta vez me gusta. Son luces cálidas y no artificiales. Y floto, los dos lo hacemos. Renos, dragones y unicornios que nos rodean, girando sin parar. Casi parecen de verdad. Incluso hay ballenas que sobrevuelan el cielo como los antiguos zeppelin. Duendes bailando como si fuese un musical. Y él tan cerca con su sonrisa perfecta y esa mirada que me quería guardar. Esos labios que me hacen suspirar.
- ¿Cómo lo has hecho? No puede ser real.
- Sabía que no podría regalarte nada físico sin que supieses lo que era, así que cuando se activaron mis poderes solo pensé en encontrarte para volverte a ilusionar - su rostro formaba su mirada pícara.- He sacado todo esto de tu mente, esperaba que te fuese a gustar.
- Me encanta - logro decir.- Gracias por devolverme la magia el día de Navidad.
Y los dos flotabamos en este suave y bello vals. Él cada vez más cerca y mi corazón latiendo sin parar. Casi siento su aliento y quiero que vaya a más.
-Esa es la sonrisa que quería encontrar.
Sonrío  aun más. Me acaricia el rostro y yo le rodeo con mis brazos. Me besa con dulzura. Casi no puedo respirar. Y, por fin en toda mi vida, no veo como acaba esta Blanca Navidad.

jueves, 3 de agosto de 2017

Licor de mora

Mientras escucho el graznar de algunas gaviotas, y debido a las ideas que me ha mostrado cierto amigo, he decidido escribir una especie de diario. Pero no uno cualquiera contando todas las cosas absurdas que pasan en mi día a día, que daría para novela, sino una serie de escritos en los que me deje el alma y los pensamientos, total para lo que me sirven. Quiero enseñaros otras partes de mí ya que el corazón me lo dejo en mis historias. Lo siento, esto no va a ser el romance gay que todos deseáis. Pero no guardéis aun las palomitas, esto también tendrá bastante chicha.
Y qué mejor manera de empezar un diario que abrirme y contaros cómo aprecio yo mi ser. Lo sé, otro narcisista que viene a contaros su historia. Bla bla bla, he sufrido mucho, bla bla bla, ¿os he dicho que he sufrido? Pero no, no va de eso la cosa. Os voy a describir a aquel que se esconde tras la pantalla y os escribe esto, o al menos como yo lo veo. Podéis no estar de acuerdo, es más, acepto todo comentario que indique como me veis vosotros.
Vale, vale, mucha palabrería (prometo que en los siguientes habrá menos). ¿Por qué sabor a mora? ¿Tú no te cogías siempre el sirope de caramelo? Os diré por qué. Morí de un orgasmo la primera vez que probé el licor de mora en un calimocho mierdoso. No mejoró mi vida, pero recuerdo que me encantó. Y sí, debería ser sabor a bebida muy azucarada y gaseosa (no diré marcas pero para que os aclaréis, empieza por coca y acaba con cola). Porque no he crecido con ella, ella ha crecido conmigo. Y porque soy muy dulce (oh Dios no tiene abuela), pero no en ese sentido, que también, sino e el sentido de que me encanta lo cuqui, lo adorable, lo que quieres espachurrar hasta que reviente... digo cosas blanditas ^^u Yo diría que no soy taaaan moñas, pero antes de acabar la frase cualquiera me lo rebatiría. Pero elegí sabor a mora, todo mejora si le echas mora. Como el otro componente del calimocho, el vino. Yo no suelo ser una persona que beba mucho, ya bailo suficiente y hago demasiadas tonterías sin ello. Sin embargo, en este caso el vino (mejorado con mora) representa otra parte importante de mí, pero no como tal, sino de forma figurada: la sangre (es que por norma no suelo echarla en la bebida y estoy haciendo símiles de sabores). La sangre en mi vida no representa lo que muchos estáis pensando, que sé que os estáis riendo, representa mi pasión por ayudar a los demás, por estar siempre (demasiado) pendiente del bien ajeno. El caso es que esto a veces me pesa, es la sangre que brota de una herida, libera pero duele y escuece.
Pero, sobre todo, mora porque suele ser de color morado. Porque, aparte de mi alegría y el intentar ayudar a todos, de lo que más orgulloso estoy es de mi imaginación, del ir andando imaginando que tengo poderes, que un gesto lo puede cambiar todo (sí, estoy loco, mientras escribo me dejan no tomarme las pastillas). Del crear solo con pensamientos, al escribir o al (intentar) hacer videojuegos. Magia, imaginación, dado a los demás y a formar sonrisas, para mí esa es la función del sabor de mora.
Pero no nos engañemos, yo soy mucho más. Adoro evaporar el mundo de un suspiro cuando mis ojos se sumergen entre los dibujos de un cómic o las letras de un buen libro. Adoro poder serlo todo cuando quiera, controlar muchas otras vidas y no preocuparme de si mueren en el intento, porque... siempre hay otro... y otro. No me miréis así, estoy hablando de videojuegos. Soy de esa clase de personas que cuando iba de visita a casa ajena se quedaba enganchado con las "maquinitas". De aquellos que sueñan aventuras y apocalipsis zombies, pero con minimapa en la esquina inferior. Es más, muchos olores no me traen recuerdos como tal, me huelen a ciertos videojuegos.
No os preocupéis, que no me olvido de lo malo. Igual que no me olvido de ti, nuevo sabor de helado, serás el siguiente en sufrir este proceso de definir desde dentro si se da el caso. Y es que a veces soy muy vago, pero no en plan no quiero hacer nada, soy perezoso de hacer las cosas importantes, como si no tuviese ya suficientes mierdas en mi cabeza. Es decir, suelo ser una persona que si coge confianza habla por los codos. Me encanta tener con quien comentar las cosas. Lo que me lleva a que a veces mis silencios solo pueden significar que estoy pensando, y eso en mí puede ser malo. Le doy una y mil vueltas a cualquier tontería que se me pase por la cabeza. Y puede ser algo que no tiene que ver con la realidad, algo que nunca pasaría, pero holi, estoy aquí, creo que deberías volver a pensar en esto. ¿Te habías olvidado? He vueltoooo... Y aunque he aprendido a acallarlo bastante, aun me da quebraderos de cabeza y estados de nerviosismo. Como diría yo mismo, es lo que toca. Lo peor es que esto está dado y viene en compañía de ser demasiado dependiente. No en el sentido de lo que piensen de mí o de no poder valerme solo. Me considero alguien fuerte, pero necesito el calor humano. Que me reconozcan lo bien que hago algo solo para confirmármelo a mí mismo, que sean atentos. Lo que comúnmente llamamos: querer llamar la atención. Y dado que me doy cuenta, intento disimularlo un poco.
Y no descarto que el hecho de sumergirme de golpe en otros mundos, el estar tan disperso, el jugar a que floto y que corto farolas, que hago explotar luces y caracolas, e incluso el hecho de querer ayudar tanto a los demás, sea un sistema de defensa para no pensar tanto, para que la marea de ideas toxicas se pare un momento y, con suerte, se vaya de mi mente.
Así que, si me dais un respiro, un poco de vuestro tiempo, os daré mi risa. Y esta vez fiaros, todo el mundo dice que es la mejor de todas.

domingo, 23 de julio de 2017

Una Madrid sin mí

Me gusta pensar, adormecido entre las sábanas, deslizando mi piel en la suavidad, que una Madrid sin mí no sería lo mismo. Mientras la luna me acuna y se van dibujando los sueños mi mente se escapa. Siente que una Madrid sin mí estaría algo más vacía, que nadie escucharía el eco de mi risa, nadie sentiría mis pisadas. No encontrarían mi mirada oculta entre la gente. Una Madrid sin mí perdería su magia, su hechicero entre las sombras, el guardián que vela por todos. Sin mí, Madrid se quedaría sin mis bailes, el latir de todo mi cuerpo. Sin mí no habría aullidos, farolas que se parten y luces explosivas. Sin mí los enormes demonios acecharían a cada esquina, los rosales perderían su hermosura. Sin mí, ¿quién se pararía a mirar los detalles? ¿Quién se quedaría a escuchar su melodía? El césped no tendría quien lo abrace, cada edificio no se sentiría protagonista de una aventura. Sin mí el madroño se queda sin oso, sin la luz que la hace brillar cada día. Me gusta pensar que sin mí, Madrid no es la misma, sería ella pero menos divertida. Y realmente, sin mí Madrid es como siempre ha sido, quizá con alguna risa menos. Sin mí se queda como estaba pero sin mi imaginación cuando la transforma. Madrid sin mí es Madrid con otras pisadas.
Pero, ¿y una Madrid sin ti? Porque una Madrid contigo se llena de arte, sus rosas se vuelven más hermosas. Contigo todo brilla, mucho más que nunca. Madrid se llena de vida. Contigo cada calle escucharía la armonía de nuestras risas y el césped sería testigo de cada caricia. Contigo no hay demonios, son todo hadas y unicornios. Contigo Madrid tiene un guardián guardado, protegido. Toda la magia vuelve, Madrid cantaría de alegría. Contigo las pisadas serían bailes, noches de pura locura. Contigo se oirían nuestros aullidos, el viento se los llevaría consigo. Madrid se hartaría de nuestra miradas, de los besos en cada esquina.
Una Madrid sin mí sería la misma, pero restándole algo de vida. Y conmigo sería Madrid como hasta ahora, preciosa y emotiva. Sin embargo, una Madrid contigo sería una nueva maravilla, se volvería más divertida. El oso y el gato abrazando al madroño. No me imagino una Madrid sin ti, sería una ciudad triste, más que ninguna.

Madrid contigo sería perfecta, así que abraza su bienvenida.

lunes, 27 de marzo de 2017

Hielo que da calor

A mi querida Stephanie:
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y  mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más  besos.  Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.