Mostrando entradas con la etiqueta Sentimientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sentimientos. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de octubre de 2019

Dulce cuando amargo

Me gusta pararme a recordarte, sentir de nuevo tus dedos y la forma en la que recorren mi cuerpo. Me gusta saborear cada recuerdo, pensar que sigues con tu abrazo, cuando todo yo es tuyo. Y me gusta admirarte, dejarte pasar hasta la cocina. Me gusta tu olor sobre el mío, tus susurros desde la aún oscura mañana, dándole sabor al día, intentando apoderarte de mi boca con amargos mordiscos, finalizando con todo lo dulce que pueden ser los besos, tus besos. Y me desgarras, a mí y al frío de mi garganta, llenándome por completo de calor con tu aliento, haciéndome estremecer. Tú, yo y el mundo entero. Y es entonces, y solo entonces, cuando alargas sin miedo tus ocho brazos, deslizándote hasta el punto más olvidado de mi cuerpo. Tu tela me atrapa, anudado de coraje, erizando el vello de brazos, piernas y pecho. Aclaras mi mente mientras mi sangre se envenena, tornándose oscura y plena. Curas mi lamento, el de hoy y el de los días venideros. Me agitas, tus dientes fragmentándome, cada mordedura un nuevo respiro, mis nervios enturbiados, acompasando mis latidos. Y me deshago, ahora, en el recuerdo y siempre, con un grito, a veces dos o tres o incluso en silencio, como aquel que es salvado de una caída al abismo. Pero es que, aun así, yo caigo y sigo cayendo. Tu mano siempre sujetando mi tiempo, haciéndome ascender para acariciar el cielo.
Contengo mis lágrimas, ardientes como el hielo. Sé que es un amor prohibido, que me atrapas como ninguno, pero necesito tu calor, la forma en la que sonrío. Porque ahogas, pero en el buen sentido, si es que existe algún buen sentido para todo esto. Eliminas el malestar y me llevas al olvido, a poder estar despierto hoy y mañana, pero contigo. Si mis párpados caen… no puedo ni imaginar cuán grande sería el desastre. Mi mente liberada, el caos en su estado físico, atormentando todo lo que me es querido. Sin ti soy puro fuego y rabia, sin ti se evaporan las lágrimas que sustentan el templo de mi calma. Por eso te elijo cada mañana, por eso más que gato, arañas, acariciando mi piel por completo, como si no hubiera un mañana. Y quizá no lo haya, pero por si lo hay, te volveré a elegir café, mi araña, que con tus telas me sostienes en este escenario. Te quiero recordar como más me gusta: caliente y dulce cuando amargo, en mi taza favorita, siempre cercano.

lunes, 27 de agosto de 2018

Sobre el abismo

Caíste del cielo. Al menos eso decía todo el que llegaba a conocerte. Siempre encantador, lleno de dulces sonrisas. Lleno de sueños, de pasos que gastar en caminos olvidados. Joyu, desde el principio fuiste el fulgor de la vida. Espada de luz en mano, guerrero indomable.
Aun recuerdo cuando entramos en la guardia, llenos de ilusión. Llamaste la atención de cada uno de los instructores. No solo eras poderoso, también luchabas de forma elegante. Yo, en cambio, todo desasostroso, terminaba quemando algo por accidente: las espadas de entrenamiento, alguna que otra silla e, incluso, la mesa de la maestra Myr cuando nos subimos a bailar en aquella fiesta. ¿Te acuerdas? Asumiste la culpa conmigo y los dos acabamos limpiando retretes, pero ¿y lo bien que lo pasamos? Para qué engañarnos, siempre que estamos juntos hay risas de por medio. Pero fue el otro día cuando por fin entendí por qué saltan chispas de mi cuerpo, por qué todo acaba ardiendo de forma incontrolable.
Salimos a una de nuestras expediciones fuera de la muralla. Amber, Ron, tú y yo. El equipo de siempre. Parecía una misión sencilla, solo debíamos cerrar un pequeño portal susurrante, nada que no hiciéramos casi a diario. Sin embargo, todo se torció. Los otros no paraban de reírse porque mi ropa siempre tenía alguna parte quemada, preguntaban que cómo se vive con alguien que puede prender fuego a la cama mientras duerme. Y yo, cansado, me adelanté para sanar mi ira con algún devorador que hubiese decidido aventurarse a pasar el portal. Sabía que tampoco lo decían con malicia, simplemente tenía un mal día. Y también sabía cómo mirabas a Ron, todo un espectáculo controlando plantas y flores. Entendí que no supieses si seguirme o quedarte y por eso te dije que prefería estar solo. Y, a decir verdad, era cierto. Supongo que alguna hoja del camino ardió bajo mis pies, ya sabes cómo me cuesta controlar el fuego. Pero la tierra aún estaba húmeda de las tormentas de aquella semana, sabía que no provocaría nada serio.
Fue entonces, tras los pensamientos que nublaban mi ojos, cuando vi aquél devorador gigante. ¿Cómo un ser tan monstruoso pudo cruzar? Nos dijeron que el portal no era muy grande. Sus ocho ojos acechando, su pelo erizado y sus gruesas patas delanteras erguidas. Su grito me heló la sangre. Casi me quedo paralizado pero pude escapar a tiempo del golpe de sus garras. Encendí mi cuerpo en llamas y cree una gran esfera con ellas para lanzársela, pero la desvió de un golpe haciendo que un árbol cercano comenzarse a arder. Salté y disparé a su cara esta vez, tenía demasiadas patas y se deshizo de ella de la misma forma. Yo caí al suelo y me atrapó de forma que no pudiese levantarme. El miedo me devoraba por dentro y sentí mucho calor que liberar. Ardió todo a mi alrededor en un gran estallido y el devorador bramó apartando la pata de mí. Sin embargo, la explosión me había dejado sin energía, quedando yo solo entre llamas que se extendían. Ni la tierra húmeda podría pararlas.
"¡Idiota! Entre tus pisadas y tus explosiones vas a quemar el bosque entero" oí gritar a Amber mientras cristalizaba una de las patas del monstruo y Ron enredaba otra con una de sus hiedras. El devorador se liberó de los ataques y los tumbó de un golpe. Entonces tú, envuelto en luz, conseguiste cegarle y usaste uno de tus rayos de luz sólida concentrado con los cristales de Amber para golpearlo. Nos levantamos y volvimos a la carga. Fuego, cristales punzantes y madera en forma de puños para golpearle. Parece ser que le enfadamos pues su alarido trajo una descarga eléctrica que nos abrasó por dentro. Caímos al suelo y el devorador os atrapó a Amber y a ti con dos de sus garras. Ella colgaba inerte y tú no conseguías liberarte.
"¡Buscaré ayuda!" Ron siempre ha sido un cobarde, mucho tardó en salir corriendo. Y el devorador cada vez te apretaba más y te acercaba a su boca. No podía permitir que murieses. Ahí lo entendí. Vivir sin nuestras risas y nuestros bailes me desgarraba por dentro. Noté las lágrimas inundar mis ojos y concentré toda mi ira. Absorbí cada llama que nos rodeaba y dejé a mi poder bailar de verdad. Todo fuego, salí despedido hacia aquel maldito bicho y liberé todo al contacto de su cara. Recuerdo una gran explosión y colocarme de forma que te afectase lo menos posible. Y caer entre fuego y sangre. Y el negro me fundió por completo.
Desperté bajo el dorado de tus ojos. Y sonreíste y yo lloraba.
"Nos salvaste. Destruiste a esa bestia y pude cerrar el portal." Pero lo mejor fue el calor de tu abrazo. Si hubiese durado un poco más habría quemado las sábanas.
"Ahora descansa." Y besaste mi frente y sentí, con ese beso, que por fin tenía el control sobre mi fuego. Conseguiste mi calma.
Estuviste conmigo, en mi habitación de la torre. Los dos suspendidos sobre el abismo que daba al mar. Tú sonreías y yo reía. Tu mirada con la mía, tan cerca. Y después de que me recuperase siempre venías.
Así que, querido Joyu, mi estrella fugaz, cuando dices que consigo que tu luz sea más cálida yo, tu pequeño fuego, te digo que me mantienes en calma. Que debemos seguir vigilando el mar desde aquí, con nuestra luz cálida y calmada como faro. Tu cuerpo con el mio, siempre riendo y bailando. ¿Aceptas?

martes, 20 de marzo de 2018

Trueno

Trueno

¿Son las lágrimas mi abrigo?
Un grito sin sentido.
El lamento que no ayuda,
una búsqueda ya aburrida.

Soy los pájaros que vuelan,
esparcidos,
temerosos de cualquier ruido.
Un cristal que se agrieta.

Soy las garras que me acechan,
enredaderas,
la tierra removida.

Y mi mirada es trueno,
la nieve derretida.

Pero tu sinceridad es viento,
invisible y frío.
Tu silencio es fuego
y me quemas por dentro.

Tus abrazos, perdidos.
Tu calor se disolvió en el tiempo.
Y mi mirada es trueno,
por lo que sentí y ya no siento.

jueves, 3 de agosto de 2017

Licor de mora

Mientras escucho el graznar de algunas gaviotas, y debido a las ideas que me ha mostrado cierto amigo, he decidido escribir una especie de diario. Pero no uno cualquiera contando todas las cosas absurdas que pasan en mi día a día, que daría para novela, sino una serie de escritos en los que me deje el alma y los pensamientos, total para lo que me sirven. Quiero enseñaros otras partes de mí ya que el corazón me lo dejo en mis historias. Lo siento, esto no va a ser el romance gay que todos deseáis. Pero no guardéis aun las palomitas, esto también tendrá bastante chicha.
Y qué mejor manera de empezar un diario que abrirme y contaros cómo aprecio yo mi ser. Lo sé, otro narcisista que viene a contaros su historia. Bla bla bla, he sufrido mucho, bla bla bla, ¿os he dicho que he sufrido? Pero no, no va de eso la cosa. Os voy a describir a aquel que se esconde tras la pantalla y os escribe esto, o al menos como yo lo veo. Podéis no estar de acuerdo, es más, acepto todo comentario que indique como me veis vosotros.
Vale, vale, mucha palabrería (prometo que en los siguientes habrá menos). ¿Por qué sabor a mora? ¿Tú no te cogías siempre el sirope de caramelo? Os diré por qué. Morí de un orgasmo la primera vez que probé el licor de mora en un calimocho mierdoso. No mejoró mi vida, pero recuerdo que me encantó. Y sí, debería ser sabor a bebida muy azucarada y gaseosa (no diré marcas pero para que os aclaréis, empieza por coca y acaba con cola). Porque no he crecido con ella, ella ha crecido conmigo. Y porque soy muy dulce (oh Dios no tiene abuela), pero no en ese sentido, que también, sino e el sentido de que me encanta lo cuqui, lo adorable, lo que quieres espachurrar hasta que reviente... digo cosas blanditas ^^u Yo diría que no soy taaaan moñas, pero antes de acabar la frase cualquiera me lo rebatiría. Pero elegí sabor a mora, todo mejora si le echas mora. Como el otro componente del calimocho, el vino. Yo no suelo ser una persona que beba mucho, ya bailo suficiente y hago demasiadas tonterías sin ello. Sin embargo, en este caso el vino (mejorado con mora) representa otra parte importante de mí, pero no como tal, sino de forma figurada: la sangre (es que por norma no suelo echarla en la bebida y estoy haciendo símiles de sabores). La sangre en mi vida no representa lo que muchos estáis pensando, que sé que os estáis riendo, representa mi pasión por ayudar a los demás, por estar siempre (demasiado) pendiente del bien ajeno. El caso es que esto a veces me pesa, es la sangre que brota de una herida, libera pero duele y escuece.
Pero, sobre todo, mora porque suele ser de color morado. Porque, aparte de mi alegría y el intentar ayudar a todos, de lo que más orgulloso estoy es de mi imaginación, del ir andando imaginando que tengo poderes, que un gesto lo puede cambiar todo (sí, estoy loco, mientras escribo me dejan no tomarme las pastillas). Del crear solo con pensamientos, al escribir o al (intentar) hacer videojuegos. Magia, imaginación, dado a los demás y a formar sonrisas, para mí esa es la función del sabor de mora.
Pero no nos engañemos, yo soy mucho más. Adoro evaporar el mundo de un suspiro cuando mis ojos se sumergen entre los dibujos de un cómic o las letras de un buen libro. Adoro poder serlo todo cuando quiera, controlar muchas otras vidas y no preocuparme de si mueren en el intento, porque... siempre hay otro... y otro. No me miréis así, estoy hablando de videojuegos. Soy de esa clase de personas que cuando iba de visita a casa ajena se quedaba enganchado con las "maquinitas". De aquellos que sueñan aventuras y apocalipsis zombies, pero con minimapa en la esquina inferior. Es más, muchos olores no me traen recuerdos como tal, me huelen a ciertos videojuegos.
No os preocupéis, que no me olvido de lo malo. Igual que no me olvido de ti, nuevo sabor de helado, serás el siguiente en sufrir este proceso de definir desde dentro si se da el caso. Y es que a veces soy muy vago, pero no en plan no quiero hacer nada, soy perezoso de hacer las cosas importantes, como si no tuviese ya suficientes mierdas en mi cabeza. Es decir, suelo ser una persona que si coge confianza habla por los codos. Me encanta tener con quien comentar las cosas. Lo que me lleva a que a veces mis silencios solo pueden significar que estoy pensando, y eso en mí puede ser malo. Le doy una y mil vueltas a cualquier tontería que se me pase por la cabeza. Y puede ser algo que no tiene que ver con la realidad, algo que nunca pasaría, pero holi, estoy aquí, creo que deberías volver a pensar en esto. ¿Te habías olvidado? He vueltoooo... Y aunque he aprendido a acallarlo bastante, aun me da quebraderos de cabeza y estados de nerviosismo. Como diría yo mismo, es lo que toca. Lo peor es que esto está dado y viene en compañía de ser demasiado dependiente. No en el sentido de lo que piensen de mí o de no poder valerme solo. Me considero alguien fuerte, pero necesito el calor humano. Que me reconozcan lo bien que hago algo solo para confirmármelo a mí mismo, que sean atentos. Lo que comúnmente llamamos: querer llamar la atención. Y dado que me doy cuenta, intento disimularlo un poco.
Y no descarto que el hecho de sumergirme de golpe en otros mundos, el estar tan disperso, el jugar a que floto y que corto farolas, que hago explotar luces y caracolas, e incluso el hecho de querer ayudar tanto a los demás, sea un sistema de defensa para no pensar tanto, para que la marea de ideas toxicas se pare un momento y, con suerte, se vaya de mi mente.
Así que, si me dais un respiro, un poco de vuestro tiempo, os daré mi risa. Y esta vez fiaros, todo el mundo dice que es la mejor de todas.

domingo, 23 de julio de 2017

Una Madrid sin mí

Me gusta pensar, adormecido entre las sábanas, deslizando mi piel en la suavidad, que una Madrid sin mí no sería lo mismo. Mientras la luna me acuna y se van dibujando los sueños mi mente se escapa. Siente que una Madrid sin mí estaría algo más vacía, que nadie escucharía el eco de mi risa, nadie sentiría mis pisadas. No encontrarían mi mirada oculta entre la gente. Una Madrid sin mí perdería su magia, su hechicero entre las sombras, el guardián que vela por todos. Sin mí, Madrid se quedaría sin mis bailes, el latir de todo mi cuerpo. Sin mí no habría aullidos, farolas que se parten y luces explosivas. Sin mí los enormes demonios acecharían a cada esquina, los rosales perderían su hermosura. Sin mí, ¿quién se pararía a mirar los detalles? ¿Quién se quedaría a escuchar su melodía? El césped no tendría quien lo abrace, cada edificio no se sentiría protagonista de una aventura. Sin mí el madroño se queda sin oso, sin la luz que la hace brillar cada día. Me gusta pensar que sin mí, Madrid no es la misma, sería ella pero menos divertida. Y realmente, sin mí Madrid es como siempre ha sido, quizá con alguna risa menos. Sin mí se queda como estaba pero sin mi imaginación cuando la transforma. Madrid sin mí es Madrid con otras pisadas.
Pero, ¿y una Madrid sin ti? Porque una Madrid contigo se llena de arte, sus rosas se vuelven más hermosas. Contigo todo brilla, mucho más que nunca. Madrid se llena de vida. Contigo cada calle escucharía la armonía de nuestras risas y el césped sería testigo de cada caricia. Contigo no hay demonios, son todo hadas y unicornios. Contigo Madrid tiene un guardián guardado, protegido. Toda la magia vuelve, Madrid cantaría de alegría. Contigo las pisadas serían bailes, noches de pura locura. Contigo se oirían nuestros aullidos, el viento se los llevaría consigo. Madrid se hartaría de nuestra miradas, de los besos en cada esquina.
Una Madrid sin mí sería la misma, pero restándole algo de vida. Y conmigo sería Madrid como hasta ahora, preciosa y emotiva. Sin embargo, una Madrid contigo sería una nueva maravilla, se volvería más divertida. El oso y el gato abrazando al madroño. No me imagino una Madrid sin ti, sería una ciudad triste, más que ninguna.

Madrid contigo sería perfecta, así que abraza su bienvenida.

lunes, 27 de marzo de 2017

Hielo que da calor

A mi querida Stephanie:
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y  mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más  besos.  Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Despertar


Y descubrí que el tiempo es tiempo,
que no deja mirar atrás.
Da lugar al triste olvido,
al dolor y a no soñar.

Mas llegaste tú a mi mundo,
sonreíste a la eternidad.
Devolviste mi alegría,
desempolvaste mi verdad.

Que la magia surge 
y me enloquece.
Nos envuelve sin cesar.

Que te pienso y te suspiro.
Que te sueño, te anhelo y te sonrío.
Te rodeo con mis brazos
y me vuelvo a despertar.

lunes, 18 de enero de 2016

Verde olvido

Un intenso zumbido me despierta. Levanto los párpados con cautela, algo me dice que no me va a gustar lo que voy a encontrar. No sé dónde estoy, giro a mi alrededor y no me ubico. Ni siquiera sé cómo he llegado hasta allí. Es una nave, eso seguro, pero no es la mía. Empiezo a asustarme, no recuerdo nada, todo lo anterior a esto se ha esfumado. Como cuando despiertas y sabes que has soñado, pero no sabes con qué. Así me siento. Intento levantarme sujetándome a la pared, mi traje espacial pesa demasiado y se me tensa el cuerpo. Dolor. Una sensación que se acentúa conforme voy tomando conciencia de mi existencia. Y este casco sobre mi cabeza, reduce mi visión y me molesta, pero no consigo quitármelo, tendré que dejármelo puesto. Aun con ello siento un hedor repulsivo, no sé cuanto podré aguantarlo.
Veo unas letras en una de las paredes y me acerco para observarlas por si me ofrecen alguna pista. Nada. No tienen sentido. Debe de ser una nave alienígena, como si hubiese pocas en el espacio. Sin embargo hay una marca en un borde que quiere sonarme, que me llama. La rozo con la yema de los dedos y, de repente, una melodía fluye por mi mente, imágenes cambiantes que no se coordinan. Y sin más para, pero no para traer silencio, para nombrar algo peligroso, algo que nadie querría oír: Labyrinth Spacecraft. El miedo corroe lentamente cada poro de mi cuerpo, y me estremezco. No puede ser. No podían haberme elegido a mí para sus juegos. Estaba en la "Nave Laberinto", lugar detestable y show televisivo. Era simplemente asqueroso. Seleccionaban a gente siguiendo un oscuro método que nadie quería saber, les encerraban en una nave misteriosa y les hacían seguir sus reglas para poder salir. Muy poca gente lo conseguía, y los que lo hacían no quedaban precisamente cuerdos. Pero eso no era lo peor, no. Había algo que hacía mucho más "maravillosa" a esta nave. Cuanto más tiempo pasabas en ella, menos recuerdos te quedaban. Solo aquellos ligados al subconsciente, a emociones muy fuertes, conseguían mantenerse, muchas veces ni eso. Me entran arcadas, mi corazón se va a salir desbocado de mi pecho. ¿Por qué yo?
Prácticamente ya con lágrimas empapando mi rostro me sobresalta un gruñido. Dada mi suerte estaba claro que no podía ser humano, que algo se acercaba y me acechaba. El sonido se incrementa por momentos, mi respiración se acelera. ¡Necesito salir de aquí! Pero no tuve tiempo, al segundo lo tenía encima. Un bicho repulsivo se me acerca, es enorme y viscoso. Y verde. Por un momento ese color me paraliza. Es un verde que me recuerda a algo, ¿pero a qué? Sin pensarlo mucho más palpo por instinto mi cinturón. ¡Eureka! Hay una pistola. La saco con rapidez y disparo, casi sin mirar. Esto parece dárseme bien, he acertado de lleno y, mediante el sonido más desagradable que podía imaginar, el bicho revienta. Lo deja todo pringado del líquido que lo formaba. Un charco esmeralda donde antes había solo suelo. Y algo más. Mi mente vuelve a llenarse de imágenes sueltas, no parecen tener coherencia. Más ahí estaban, esos ojos pícaros de mirada burlona, ese bosque que me abraza. Tan verdes, tan llenos de vida, que me encantaban. Tan verde olvido. Mirarlos hacía que todo lo demás desapareciera. Me escrutaban curiosos y me purgaban el alma. Me di cuenta de que todo rastro de miedo había desaparecido, se cambió por calma. ¿Cómo podía haber olvidado esa mirada? No pude evitar sonreír y eso a su vez recordó su sonrisa. Una curva perfecta en sus tiernos labios, una caricia cálida y divertida. Esa sonrisa, con todas sus letras en mayúscula. Por fin logré montar el puzle, me acordé de toda ella. Una chica dulce, de risa musical y encantadora. Una chica que para mí era un todo, que no solo me hacía feliz, me hacía sentirme yo, libre y diferente. Me hacía sentirme simplemente especial.
Era lo único que recordaba, en mi mente nada más había y, sin embargo, algo no cuadraba. No recordaba sus besos, sus caricias, nunca los hubo. Yo la veía como una amiga, al menos eso creía. Pero, ¿por qué ahora parecía tan distinto? ¿Por qué no paraba de pensar en ella? ¿Siempre había sido tan intenso y no me había dado cuenta? Me gustaría pensar que no, pero algo me dice que sería mentira. Siempre lo supe y no quise verlo. Le negué mi corazón, pero en realidad solo me negaba a mí misma. Que fuese una mujer no era lo que me asustaba, sabía que no. Simplemente quise protegerme ante este sentimiento, este amargo sentimiento que a todos nos atrapa y nos devora por dentro.

Entonces me di cuenta. Tenía una meta, algo que lograr. Debía salir de aquella nave, lucharía por mi vida y sobreviviría. Tenía que encontrarla, susurrarle al oído lo mucho que me llena. Tenía que abrazarla, besarla, al menos una última vez y, con suerte, el resto de mi vida. ¡Espérame porque estoy llegando! Nadie podrá pararme ahora. 

lunes, 11 de enero de 2016

El tiempo que tarda en llegar

Aun recuerdo esa noche. Ese momento idílico que tanto me hace suspirar y por el que hoy sonrío. Surgió cuando todo parecía perdido, cuando solo quedaba olvidar. Decidí traspasar la puerta, entrar en la habitación sin saber que iba a encontrar. Brillaban lucecitas en el suelo y yo no pude evitar seguirlas. Junto a cada una de las luces había un papel con una palabra escrita y éstas, al juntarse, formaban una frase. Sin embargo, ni podía ser ni era una frase cualquiera. Mis oídos quisieron escucharla, mi mente ya la oía. Comenzó a sonar la melodía. Era esa canción que me enseñaste, esa canción que tanto me gustaba. Y ya no sonaba en mi cabeza, realmente sonaba. Me giré asombrado y ahí estabas, sonriendo con tu media sonrisa. Te acercaste a mí despacio y me miraste, sin pronunciar palabra alguna. Podría decir que casi se paró el tiempo, contigo siempre lo hace. Y me cogiste de la mano, rompiendo el silencio susurrando un "vamos". Tu roce activó mi cuerpo, tu firmeza me dio fuerza. Siempre te seguiría donde fuera. Salimos a la calle, juntos paso a paso. Casi no sentía frío, solo podía alegrarme por tenerte cerca. Y nos enorgullecimos de nuestro "pecado", daba igual quien mirase, tú preferías no soltarme. Recuerdo que me sudaban las manos, hice amago de secármelas y tú me lo impediste, no querías perder contacto. Y te mantenías a mi izquierda, siempre a mi izquierda, como si temieses alejarte del corazón que, alocado, palpitaba. Seguimos caminando, calle arriba, calle abajo. No importaba nada más, solos tú y yo bajo la noche estrellada. Te miraba de reojo, todo el rato sonreías. Y no es que yo no lo hiciese, que lo hacía, pero me animaba demasiado verte así. Pude apreciar que eras feliz, que por fin nada parecía preocuparte, que reías más que nunca. Y casi con lágrimas en los ojos, lleno de felicidad, no pude evitar decir: "Ha tardado tanto tiempo en llegar... tanto, tanto tiempo... Pero por fin ha llegado."
No es que acabe aquí el momento, seguramente fue mucho más, pero ya tocaba despertar. Y sin abrir los ojos me di cuenta que había sido un sueño, que no solo no había pasado, sino que no iba a pasar. Y aunque debería haber llorando, aunque quizá me dolió la realidad, no pude evitar quedarme en la cama sonriendo. Me había sentido tan lleno, tan pleno, que tuve que quedarme tumbado a recordar, a guardar cada detalle. Aunque tarde, por fin había soñado contigo, y tener este recuerdo me completaba un poco más.

Debo añadir que también me hizo reflexionar, aun sin querer me haces mejor, me haces aprender y madurar. Y es que por fin descubrí que el amor no se sella con un beso como dicen los cuentos, el amor se sella con un "lazo". Algo que no es físico, pero por lo que sea une, algo que enlaza dos manos, dos almas, dos corazones. Ya no me arrepiento del pasado, ya no pienso en aquel beso que no conseguí darte, pues no era el momento, ni si quiera era necesario. De alguna forma tenemos un lazo, siempre nos mantendrá unidos. Y sí, no es el lazo que yo buscaba, no es el lazo que yo quería, pero he de admitir que es un lazo que me llena, que me hace feliz y que con él me basta. Ahora entiendo que no hace falta el amor que todos conocemos para estar completo. Que estoy rodeado de las mejores personas y tú siempre serás una de ellas. Y que por ello, simplemente, te quiero.


Baby,
It's been a long time coming.
Such a long, long time.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Silenciar al silencio

Cicatrices que sangran donde no existieron,
vorágine de suspiros que no cesan.
Se silenciará al silencio y se gritará al anhelo.
Se cerrará la puerta al miedo.
Y cuando comience a salir la luna,
dormiremos, juntos, a su vera.

Que el sonido de la risa nos abrace,
que nos envuelva en su cántico y melodía,
que en ese instante el tiempo se eternalice
y que el camino mismo sea nuestro guía.

Que las lágrimas cristalicen el tiempo
y que en él arda el dolor.
Mañana amanecerá distinto,
sonriamos para que amanezca mejor.

jueves, 22 de octubre de 2015

La calidez de la hierba

Me encontraba sobre la fresca hierba, en un rincón apartado cerca del río. Tumbado observaba el suave viaje de las nubes ya anaranjadas. Había sido un día duro y yo había llegado el primero a nuestro sitio. Ejercer de héroe nunca era fácil, sin embargo, hoy había despachado rápidamente  a los pocos seres susurrantes que habían decidido aparecer en mi lado de la muralla. Esperaba que los demás no tardaran demasiado.
Mientras pasaban los minutos notaba como mis ojos adormecidos luchaban por no caer en brazos de Morfeo. Entonces noté su roce. Un pequeño segundo, sutil y sin sobresalto, de sus dedos con los míos. Y su olor, no necesité mirar para saber de quien se trataba. Esa fragancia tan suya, mezcla del fragor de la batalla y de humo ardiente. Me hacía sentirme protegido y seguro, y me recordaba a todas nuestras batallas juntos. Agni. Sonreí tontamente y, antes de que pudiese girarme a mirarle, un estruendo recorrió nuestro cuerpo. Nos incorporamos deprisa, no había tiempo que perder. Nos quedaba un susurrante más todavía. Sobre el agua se elevaba con su cuerpo de engendro, tan oscuro como la noche, de mirada despiadada y hambrienta, todo su cuerpo de espino. Sus alas tapaban la poca claridad que quedaba y sus garras centellearon como cuchillas espeluznantes.
Agni y yo nos miramos. No necesitamos más para saber qué hacer. Sus oscuros ojos centellearon y se volvieron dorados. Los míos en cambio se tornaron ébano. Su medallón de carbón cristalizado prendió y comenzó a humear por cada poro de su piel. Brotaron llamas y ágiles le fueron rodeando. Era gracioso, pues la primera palabra que me venía a la mente al pensar en él era "cálido". Incluso antes de conseguir nuestros poderes.
Mi colgante plateado ardió en llamas violáceas. De mi espalda, cual arcángel, nacieron dos alas oscuras, del mismo material llameante que comenzó a rodearme. Comparados éramos como el yin y el yang. Un baile de llamas brillantes y llamas oscuras, ardiente pero elegante.
Preparados nos lanzamos contra el susurrante, él impulsado por sus llamas, y yo danzando sobre el enemigo, los dos disparando a bocajarro. Bolas de fuego y de oscuridad volaban en todas direcciones, pero el susurrante las apartaba con sus garras. Hice un giro en el aire y envolví mis manos en oscuridad, creando una esfera inmensa.

- ¡Esquiva ésto! -grité.

Le dio de lleno en uno de sus ojos y bramó un alarido desgarrador. Pude ver una explosión en su costado, mientras Agni esquivaba una de sus garras sonriendo. Se le erizaron las púas y las lanzó en mi dirección. Tuve el tiempo justo para crear un escudo delante de mí, pero una de las púas me rozó el brazo izquierdo. Enfadado, concentré la oscuridad en forma de filo como prolongación de mis brazos y me lancé contra él. Se zafó con una de sus alas pero conseguí desgarrarla. Con lo que no conté fue con su respuesta. Agitó el ala y salí disparado por los aires. Creí que chocaría contra algo pero me pararon unos brazos fuertes.

- Ten más cuidado Kai -me susurró en tono burlón.

Me ruboricé ligeramente y se me ocurrió una idea.

-¿Preparado para un ataque combinado? -pregunté sonriendo.

Afirmó con la cabeza de forma enérgica. Los dos liberamos nuestras llamas por todo nuestro cuerpo y empezamos a girar uno sobre el otro en dirección al monstruo. Cada vez más y más deprisa, llenos de energía, hasta impactar en su abdomen. El susurrante se dobló de dolor y nos enseñó los dientes. Chocamos nuestras manos por el logro y, antes de que me diera cuenta, surgió la cola escamosa del enemigo y golpeó de lleno a Agni. Ya que yo no era tan rápido como él forme una esfera densa de oscuridad que lo frenara con suavidad.

- Ten cuidado Agni -repetí entonando su tono como broma.
- Muy gracioso... -me sonrió con picardía.- Ya le queda poco.

Se impulsó hacia él y se rodeó de látigos ardientes, descargándolos con furia sobre la bestia. Yo esta vez moldeé varios filos oscuros a mi alrededor y se los lancé como si fueran cuchillos.
Seguimos esquivando y azotando sin descanso. Bolas de fuego, golpes, garras. Una vorágine de ataques que no cesaba. Hasta que por fin dimos el último golpe. El susurrador estaba ya en las últimas y conseguimos alcanzarle los dos en la cara. Se desplomó sobre el río y comenzó a desvanecerse mientras se sucedían miles de susurros que ponían la piel de gallina.
Nos miramos y terminamos riéndonos abrazados por el subidón de adrenalina.

- ¡Pedazo de batalla que se han perdido los demás! Ha sido muy intensa -exclamé con entusiasmo.

Sin darnos cuenta habíamos acabado otra vez tumbados en el césped, esta vez bajo las estrellas. Agni se me quedó mirando y me sonrió. Tenía el corazón desbocado, y no solo por la pelea. Me fijé en su respiración entrecortada, en el vaivén de su pecho. Estábamos tan cerca. Nervioso volví a mirar al cielo y sentí su aliento en mi oreja. Un impulso movió mi mano y se aferró a la suya. Lo hice de forma involuntaria, pero él no pareció apartarla. Mi pulsación aumentó más si cabía. Me giré a mirarlo de nuevo. Sus ojos volvían a mostrar ese regusto a otoño. Su mirada, que siempre había tenido un deje de tristeza, esta vez parecía brillar con luz propia. Su barba oscura le enmarcaba el rostro y su sonrisa se hizo mucho más amplia. Y sus labios, cada vez tenía más ganas de besar sus labios agrietados. Acercó la mano a mi rostro y siguió el dibujo que marcaba mi vello facial. Inspiré profundamente, llenándome de su olor y de todo ese instante. Mi mano comenzó a acariciar su cuello, subiendo hacia su pelo. Nos sentíamos el uno al otro y con eso bastaba. Sin dejar de mirarnos. Éramos casi uno. Pasaron largos minutos, parecía que se había parado el tiempo, y yo no quería que se acabase ese momento. Me atrajo hacia sus brazos y me rodeó con ternura. Yo me alojé en su pecho, su corazón palpitaba tan fuerte como el mio, y le abracé tan con tanta intensidad que creí que su respiración pararía. Me sujetó la barbilla y dirigió mis ojos hacia los suyos. Y ya no puede evitarlo, estaba tan cerca que posé mis labios sobre sus labios. Era mi primer beso, suave y con dulzura. Él respondió con uno más intenso, guiándome por un recorrido apasionado.  Quizá fue un poco torpe, debido a mi desconocimiento, pero me pareció perfecto. Nunca había sonreído con tantas ganas y su sonrisa parecía un reflejo de la mía. Volví a acurrucarme sobre su hombro, eufórico, y me siguió acariciando el cuerpo. Mis dedos también danzaron sobre el suyo, fundiéndonos con el tiempo. Los dos juntos disfrutando de la calidez de la hierba, en una noche llena de estrellas.

jueves, 1 de enero de 2015

Feliz año nuevo

Es en estos últimos minutos, en cada segundo que vibra lentamente a nuestro alrededor, cuando se suceden a un mismo tiempo un sinfín de sentimientos. Nuestros corazones laten rememorando cada sonrisa, bombeando cada momento alegre por cada poro de nuestro cuerpo. Cada inspiración es un recuerdo de gozo que nos llena, espirando cada lágrima y enfado en leves suspiros.
Es entonces cuando te das cuenta de que son las personas de tu alrededor quienes te llenan de vida. Pero antes de que consigas llenar tu mente de todos aquellos que te hacen feliz comienza la cuenta atrás. Campanadas, uvas, besos y champán por todas partes. Y tras estos momentos de locura vuelves a donde estabas, mas el reloj ha vuelto a empezar su recorrido, y todo cambia. Ya no piensas en lo feliz que te hicieron, buscas tener nuevos días felices, te imaginas nuevas sonrisas surgiendo de nuevo y sueñas con que este año que ahora empieza sea mejor que los que lo precedieron.
Feliz año a todas esas personas por las que mi vida mejora a cada momento.