Mientras escucho el graznar de algunas gaviotas, y debido a las ideas que me ha mostrado cierto amigo, he decidido escribir una especie de diario. Pero no uno cualquiera contando todas las cosas absurdas que pasan en mi día a día, que daría para novela, sino una serie de escritos en los que me deje el alma y los pensamientos, total para lo que me sirven. Quiero enseñaros otras partes de mí ya que el corazón me lo dejo en mis historias. Lo siento, esto no va a ser el romance gay que todos deseáis. Pero no guardéis aun las palomitas, esto también tendrá bastante chicha.
Y qué mejor manera de empezar un diario que abrirme y contaros cómo aprecio yo mi ser. Lo sé, otro narcisista que viene a contaros su historia. Bla bla bla, he sufrido mucho, bla bla bla, ¿os he dicho que he sufrido? Pero no, no va de eso la cosa. Os voy a describir a aquel que se esconde tras la pantalla y os escribe esto, o al menos como yo lo veo. Podéis no estar de acuerdo, es más, acepto todo comentario que indique como me veis vosotros.
Vale, vale, mucha palabrería (prometo que en los siguientes habrá menos). ¿Por qué sabor a mora? ¿Tú no te cogías siempre el sirope de caramelo? Os diré por qué. Morí de un orgasmo la primera vez que probé el licor de mora en un calimocho mierdoso. No mejoró mi vida, pero recuerdo que me encantó. Y sí, debería ser sabor a bebida muy azucarada y gaseosa (no diré marcas pero para que os aclaréis, empieza por coca y acaba con cola). Porque no he crecido con ella, ella ha crecido conmigo. Y porque soy muy dulce (oh Dios no tiene abuela), pero no en ese sentido, que también, sino e el sentido de que me encanta lo cuqui, lo adorable, lo que quieres espachurrar hasta que reviente... digo cosas blanditas ^^u Yo diría que no soy taaaan moñas, pero antes de acabar la frase cualquiera me lo rebatiría. Pero elegí sabor a mora, todo mejora si le echas mora. Como el otro componente del calimocho, el vino. Yo no suelo ser una persona que beba mucho, ya bailo suficiente y hago demasiadas tonterías sin ello. Sin embargo, en este caso el vino (mejorado con mora) representa otra parte importante de mí, pero no como tal, sino de forma figurada: la sangre (es que por norma no suelo echarla en la bebida y estoy haciendo símiles de sabores). La sangre en mi vida no representa lo que muchos estáis pensando, que sé que os estáis riendo, representa mi pasión por ayudar a los demás, por estar siempre (demasiado) pendiente del bien ajeno. El caso es que esto a veces me pesa, es la sangre que brota de una herida, libera pero duele y escuece.
Pero, sobre todo, mora porque suele ser de color morado. Porque, aparte de mi alegría y el intentar ayudar a todos, de lo que más orgulloso estoy es de mi imaginación, del ir andando imaginando que tengo poderes, que un gesto lo puede cambiar todo (sí, estoy loco, mientras escribo me dejan no tomarme las pastillas). Del crear solo con pensamientos, al escribir o al (intentar) hacer videojuegos. Magia, imaginación, dado a los demás y a formar sonrisas, para mí esa es la función del sabor de mora.
Pero no nos engañemos, yo soy mucho más. Adoro evaporar el mundo de un suspiro cuando mis ojos se sumergen entre los dibujos de un cómic o las letras de un buen libro. Adoro poder serlo todo cuando quiera, controlar muchas otras vidas y no preocuparme de si mueren en el intento, porque... siempre hay otro... y otro. No me miréis así, estoy hablando de videojuegos. Soy de esa clase de personas que cuando iba de visita a casa ajena se quedaba enganchado con las "maquinitas". De aquellos que sueñan aventuras y apocalipsis zombies, pero con minimapa en la esquina inferior. Es más, muchos olores no me traen recuerdos como tal, me huelen a ciertos videojuegos.
No os preocupéis, que no me olvido de lo malo. Igual que no me olvido de ti, nuevo sabor de helado, serás el siguiente en sufrir este proceso de definir desde dentro si se da el caso. Y es que a veces soy muy vago, pero no en plan no quiero hacer nada, soy perezoso de hacer las cosas importantes, como si no tuviese ya suficientes mierdas en mi cabeza. Es decir, suelo ser una persona que si coge confianza habla por los codos. Me encanta tener con quien comentar las cosas. Lo que me lleva a que a veces mis silencios solo pueden significar que estoy pensando, y eso en mí puede ser malo. Le doy una y mil vueltas a cualquier tontería que se me pase por la cabeza. Y puede ser algo que no tiene que ver con la realidad, algo que nunca pasaría, pero holi, estoy aquí, creo que deberías volver a pensar en esto. ¿Te habías olvidado? He vueltoooo... Y aunque he aprendido a acallarlo bastante, aun me da quebraderos de cabeza y estados de nerviosismo. Como diría yo mismo, es lo que toca. Lo peor es que esto está dado y viene en compañía de ser demasiado dependiente. No en el sentido de lo que piensen de mí o de no poder valerme solo. Me considero alguien fuerte, pero necesito el calor humano. Que me reconozcan lo bien que hago algo solo para confirmármelo a mí mismo, que sean atentos. Lo que comúnmente llamamos: querer llamar la atención. Y dado que me doy cuenta, intento disimularlo un poco.
Y no descarto que el hecho de sumergirme de golpe en otros mundos, el estar tan disperso, el jugar a que floto y que corto farolas, que hago explotar luces y caracolas, e incluso el hecho de querer ayudar tanto a los demás, sea un sistema de defensa para no pensar tanto, para que la marea de ideas toxicas se pare un momento y, con suerte, se vaya de mi mente.
Así que, si me dais un respiro, un poco de vuestro tiempo, os daré mi risa. Y esta vez fiaros, todo el mundo dice que es la mejor de todas.
Cuenta la leyenda que antes de morir se muestra la verdadera forma del corazón y, con ella, el destino decide si debe seguir latiendo. Blog dedicado a mi yo interno, mi mente en forma de relatos y mi corazón al describir lo que siento. Reseñas de aquello que me marca por dentro.
jueves, 3 de agosto de 2017
domingo, 23 de julio de 2017
Una Madrid sin mí
Me gusta pensar, adormecido entre las sábanas, deslizando mi piel en la suavidad, que una Madrid sin mí no sería lo mismo. Mientras la luna me acuna y se van dibujando los sueños mi mente se escapa. Siente que una Madrid sin mí estaría algo más vacía, que nadie escucharía el eco de mi risa, nadie sentiría mis pisadas. No encontrarían mi mirada oculta entre la gente. Una Madrid sin mí perdería su magia, su hechicero entre las sombras, el guardián que vela por todos. Sin mí, Madrid se quedaría sin mis bailes, el latir de todo mi cuerpo. Sin mí no habría aullidos, farolas que se parten y luces explosivas. Sin mí los enormes demonios acecharían a cada esquina, los rosales perderían su hermosura. Sin mí, ¿quién se pararía a mirar los detalles? ¿Quién se quedaría a escuchar su melodía? El césped no tendría quien lo abrace, cada edificio no se sentiría protagonista de una aventura. Sin mí el madroño se queda sin oso, sin la luz que la hace brillar cada día. Me gusta pensar que sin mí, Madrid no es la misma, sería ella pero menos divertida. Y realmente, sin mí Madrid es como siempre ha sido, quizá con alguna risa menos. Sin mí se queda como estaba pero sin mi imaginación cuando la transforma. Madrid sin mí es Madrid con otras pisadas.
Pero, ¿y una Madrid sin ti? Porque una Madrid contigo se llena de arte, sus rosas se vuelven más hermosas. Contigo todo brilla, mucho más que nunca. Madrid se llena de vida. Contigo cada calle escucharía la armonía de nuestras risas y el césped sería testigo de cada caricia. Contigo no hay demonios, son todo hadas y unicornios. Contigo Madrid tiene un guardián guardado, protegido. Toda la magia vuelve, Madrid cantaría de alegría. Contigo las pisadas serían bailes, noches de pura locura. Contigo se oirían nuestros aullidos, el viento se los llevaría consigo. Madrid se hartaría de nuestra miradas, de los besos en cada esquina.
Una Madrid sin mí sería la misma, pero restándole algo de vida. Y conmigo sería Madrid como hasta ahora, preciosa y emotiva. Sin embargo, una Madrid contigo sería una nueva maravilla, se volvería más divertida. El oso y el gato abrazando al madroño. No me imagino una Madrid sin ti, sería una ciudad triste, más que ninguna.
Madrid contigo sería perfecta, así que abraza su bienvenida.
Pero, ¿y una Madrid sin ti? Porque una Madrid contigo se llena de arte, sus rosas se vuelven más hermosas. Contigo todo brilla, mucho más que nunca. Madrid se llena de vida. Contigo cada calle escucharía la armonía de nuestras risas y el césped sería testigo de cada caricia. Contigo no hay demonios, son todo hadas y unicornios. Contigo Madrid tiene un guardián guardado, protegido. Toda la magia vuelve, Madrid cantaría de alegría. Contigo las pisadas serían bailes, noches de pura locura. Contigo se oirían nuestros aullidos, el viento se los llevaría consigo. Madrid se hartaría de nuestra miradas, de los besos en cada esquina.
Una Madrid sin mí sería la misma, pero restándole algo de vida. Y conmigo sería Madrid como hasta ahora, preciosa y emotiva. Sin embargo, una Madrid contigo sería una nueva maravilla, se volvería más divertida. El oso y el gato abrazando al madroño. No me imagino una Madrid sin ti, sería una ciudad triste, más que ninguna.
Madrid contigo sería perfecta, así que abraza su bienvenida.
lunes, 27 de marzo de 2017
Hielo que da calor
A mi querida Stephanie:
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más besos. Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.
Aun recuerdo el día en el que llegaste al internado. Con tu ardiente pelo bien recogido y un vestido celeste que hacía juego con tus ojos tristes. Por aquel entonces yo odiaba el mundo. Recuerdo odiar tu pelo tan rojizo, tus pequeñas pecas sobre el rostro. Recuerdo odiar tus modales y formalidades, tu sonrisa perfecta frente una mirada que seguía perdida. Pero realmente no te odiaba, prácticamente te admiraba. Seguramente pasases por algo horrible y tú seguías esforzandote por seguir adelante, por sacar buenas notas y por ser amigable. En cambio, yo no conseguía evolucionar en cuanto a cómo me veían los demás, una niña desolada.
Sin embargo, tú eras distinta, parecías entenderme cada vez que se cruzaban nuestras miradas, conmigo parecía que sonreías de verdad. Y a lo tonto nos hicimos amigas, prácticamente hermanas. Te enseñé mi fascinación por la lectura y tú me enseñaste a bailar como ninguna. Contigo siempre eran risas, aventuras por jardines secretos y pasadizos escondidos. Nos cogimos tanto cariño que no pudimos evitar sentirnos unidas.
Aun me río pensando en como me defendías, en la cara de susto de Oliver cuando te levantaste de golpe porque se reían. Nunca más volvieron a meterse con mi corte de pelo tan "masculino".
¿Y la vez que nos pillaron llegar empapadas por escaparnos ese día de lluvia? Estoy sola escribiendo y no puedo aguantar la risa.
Supongo que tenía que haberme enterado antes, cuando me despertabas con un susurro y tu cabello acariciaba mi rostro. Pero no fue hasta la noche que subimos a la colina cuando llegué a darme cuenta. Tú y yo tumbadas sobre la hierba, observando el cielo y contando estrellas. Te miré de soslayo y pude observar que me mirabas. "¿Por qué no miras las estrellas?" Pregunté interesada. "Porque ya las estoy mirando". Respondiste con esa sonrisa tuya, que forma hoyuelos en tus mejillas. Probablemente me puse super roja, notaba mi corazón latir con fuerza. "No seas tonta". Conseguí formular al volver a mirar las estrellas. Esa noche soñé con tu mirada fría que siempre me calienta.
Con el buen tiempo terminamos disfrutando de la piscina. Nos quedamos solas, sentadas con los pies en el agua. Mi atención se centraba en tu bikini y en lo bien que te quedaba. Y mi corazón latía, tan deprisa que temí que lo notaras. Y te tenía tan cerca... Me descubrí acercando mis labios a los tuyos, pero sentí mucha agua. Me salpicastes y te reías. "Estás empanada". Y te tiré al agua y seguimos riendo, de las mejores tardes de mi vida. Una vez acabó la guerra de salpicaduras, nuestra respiración agitada, fuiste tú la que te acercaste. Creí que por fin íbamos a besarnos, pero nos llamaron para tomar la cena.
Esa noche soñé contigo de nuevo, una mirada color de hielo. Y me despertaste y seguía tu mirada. Sonreíste y me besaste. Recuerdo lo bien que me supieron tus labios.
Y así iniciamos esto, besos y risas a escondidas, cogidas de la mano como "buenas amigas". Pero lo que más me gustaba es cuando me traías caricias, cuando bailabas y me mirabas con picardía. Yo siempre te escribía, notitas en prosa y alguna poesía. Y me abrazabas, llegabas a mí y me susurrabas lo mucho que me querías.
Llegó así, tras semanas de ilusión y alegría, la noche de mi dieciocho cumpleaños. Tú ya los habías cumplido y habíamos decidido salir a divertirnos. Fue una velada maravillosa, cena, paseo y tu sorpresa. Decidimos entrar en una discoteca. Emocionadas bailamos, tu cuerpo describía curvas, giros y movimientos alocados. Y yo te seguía, embelesada por el vibrar de tu pelo, por el color de tus uñas y cómo tirabas de mi falda de vuelo. Recuerdo como se detuvo el tiempo, como tus pestañas se alargaban con tu mirada. Como te besé una y mil veces, sin importarme nada.
Esa noche subimos a la buhardilla, habías colocado un colchón viejo y pétalos sobre las sábanas. Se me aceleró el pulso cuando me llevaste de la mano, sentía tu calor y quería quedármelo. Me tumbaste sobre la improvisada cama y me besaste con dulzura, tu pelo acariciando mi cuerpo. Te desataste la blusa, descubriendo ese sujetador que me gusta tanto. Me deshice de mi camiseta nueva, quería sentir mi piel junto a la tuya. No pude evitar volver a tus labios, saborear cada una de tus sonrisas. Y necesité bajar hacia el cuello, un recorrido que fue anhelo. Y te seguí besando, milímetro a milímetro, acercándome a tu pecho. Tus caricias no frenaron, siguieron las líneas de mi espalda. Y yo quise abarcar todo tu cuerpo. Desabrochaste tu pantalón ajustado, mostrando esas curvas que me volvían loca. Y metiste tus manos bajo mi falda y yo contraí mis piernas de forma instintiva. Reiste, agarraste mis medias y las fuiste bajando lentamente, como si saboreases cada poro de piel que se iba descubriendo. Nos deshicimos de las últimas prendas que quedaban. Mi respiración se aceleraba y la acallaste con más besos. Cada punto de mi cuerpo parecía gritar con tu contacto. Frenesí de caricias, risas y besos. No podía distinguir dónde acababa yo y donde empezaban tus pecas. Fuimos una en el revuelo. Y en tus besos bajaste más allá de lo prohibido, descubriste mi secreto y encontraste mis suspiros perdidos. La lujuria guió mis gritos, pero tuve que dejarlos en silencio. Agarré las sábanas para casi arrancarlas, mi cuerpo se dobló como nunca pudo. Y giré en la cama para ponerme encima, dominar este momento, sonreí con timidez y quise reflejar lo aprendido. No pareció que se me diese tan mal, más de una vez gritaste pero, sobre todo, te liberé en mil suspiros. Y la noche siguió en su apogeo: tú, yo y aquella cama. Nadie más supo el secreto, se me estremece la piel cada vez que lo pienso.
A partir de aquí nuestra historia fue en aumento, acabamos un curso lleno de momentos. Tantos y tan nuestros, que me tiraría dos vidas describiéndolos.
Pero ha llegado lo que más temíamos, lo que hemos estado evitando, cada una queremos ir a una universidad distinta. Tú has sido aceptada en una de las mejores universidades de Lyon, la ciudad en la que siempre has soñado estar. Te mereces esa beca con todo lo que has trabajado. Pero yo solo aspiro a una universidad aquí en Madrid.
Y si te he pedido que leas esta carta durante el viaje es porque no me salen las palabras, eres tan mía como yo soy tuya, eres la luz que me da vida, las sonrisas en la cama. Me inundan las lágrimas en esta despedida, y sé que no es para siempre, que volveremos a estar juntas, pero ahora me toca echar de menos esa mirada de hielo que tanto calor me daba.
lunes, 27 de febrero de 2017
Soy tu sombra
Brillas. Refulges cada
vez que te enfrentas a algo. Y te admiro, toda esa carga sobre tus hombros y no
dudas. Defiendes y ayudas cuando es necesario, luchas hasta quedarte sin
fuerzas. Espada en mano haces lo posible por salvar a quien lo necesita, sin pararte
a observar cómo de grande es el problema, te lanzas sin pensarlo. Y sonríes,
das tu mejor cara. Pero no siempre. Te aíslas para que nadie sufra por tu culpa
y quiebras cuando crees que nadie te escucha. Lloras cuando nadie mira y sufres
con cada herida. Crees estar solo y es mentira. Me tienes cerca y no te das
cuenta. Quiero abrazarte, consolarte, ayudarte en lo que pueda, pero soy tu
sombra. Alargo mis dedos cuanto puedo, me agito con todo lo que tengo, más es
en vano. Grito para que me oigas pero sale silencio, me agarro a ti con mis
manos frías, intento curarte desde dentro, pero soy tu sombra. Veo los
fragmentos de un corazón que sigue adelante, que tu respiración se agita pero
nadie calma. ¿Cuántos peligros has superado? Monstruos, leones, vampiros y
dragones. Has encontrado mil tesoros y has salvado a doncellas, campesinos,
guerreros y guerreras, incluso a príncipes y a alcaldesas. Te adoran y te
festejan, pero nadie se queda. No dejas que te conozcan, que te quieran. Lo
peor es que yo te quiero, pero soy tu sombra.
Y me destroza, me desgarra no alcanzarte, no saber cómo poder ayudarte. Me entristece cuando suspiras, cuando no puedes más y lloras. Y ardo con rabia. Quizá no sea lo que necesitas, pero al menos ser la mano que te levanta, lo que te impulsa y te guarda. Querría susurrarte que estoy contigo, que tú puedes con todo, que estés tranquilo. Pero soy tu sombra.
Y caigo. Me despierto y estoy cayendo. Te busco y no te encuentro. Ahora soy una sombra sola, separada de su cuerpo, siento el dolor por dentro. ¿Qué ha pasado? Te siento debilitarte lejos y no recuerdo.
Choco contra el suelo. ¿Dónde estoy? Inmensa oscuridad a mi alrededor. Soy tu sombra y te siento lejos. Luchabas contra uno de los peores seres monstruosos, eso lo recuerdo. Mantenía tu equilibrio y tu cordura, pero el sudor ya recorría tu rostro. Te cubrían más heridas de las que podía contar. Dolor y furia. Tajo de espada y giro, revés y estocada, metal contra carne, todo cubierto de sangre. Esta lucha te estaba costando más de la cuenta.
Vuelvo en mí, a la oscuridad, y aparece un brillo, varios de ellos. Seres luminosos que eliminan los rastros de sombras que se separan de sus dueños. No puedo dejarte ahora cuando más lo necesitas, debo llegar hasta ti sorteando a cada uno de ellos. Siento tu dolor, arriba, todavía lejano. Debo subir a ayudarte lo antes posible, cada minuto es un minuto menos de tu vida.
Me levanto, respiro profundamente y saco fuerzas. Esta vez seré yo quien te salve, el que ayude al héroe, aunque solo sea tu sombra. Hay un camino, puedo volver a subir y encontrarte. Solo he de seguir los rastros de luz que han caído conmigo. Decidido, comienzo a subir como puedo, con paso firme pues mi vida, y la tuya, está en juego. Puedo salvarte y sé que voy a hacerlo.
Tras un pequeño tramo me acecha uno de los seres luminosos. ¿Puede verme? Yo por si acaso me escondo entre las sombras de un árbol viejo, me mimetizo. Se me acelera el pulso y tengo miedo, está muy cerca. ¿Seguro que aquí no me ve? ¿Y si puede sentirme? Pero termina pasando de largo y yo respiro, no puedo seguir quieto mucho más tiempo. Sigo subiendo, esquivando otros seres luminosos, ahora más tranquilo. Me resbalo y casi me caigo, pero mantengo el equilibrio. Soy una sombra sin su dueño y sigo subiendo. Cada vez te siento más cerca, el recuerdo es más intenso. Algo pasó y por eso caí, no tardaré en entenderlo. Sigo tu rastro. Aguanta, que voy subiendo.
Ya llevo bastante andado, saltado y escalado y aun me queda, pero hoy no me detendrá el cansancio. Más seres luminosos, según asciendo son más grandes, algunos incluso se separan en varias partes. Tengo miedo, me cuesta soportar el sonido que producen entre el viento, pero por ti aguanto. Un paso y me escondo, por los pelos no lo cuento. Otro paso y dos saltos. Soy tu sombra y sigo subiendo.
Y me destroza, me desgarra no alcanzarte, no saber cómo poder ayudarte. Me entristece cuando suspiras, cuando no puedes más y lloras. Y ardo con rabia. Quizá no sea lo que necesitas, pero al menos ser la mano que te levanta, lo que te impulsa y te guarda. Querría susurrarte que estoy contigo, que tú puedes con todo, que estés tranquilo. Pero soy tu sombra.
Y caigo. Me despierto y estoy cayendo. Te busco y no te encuentro. Ahora soy una sombra sola, separada de su cuerpo, siento el dolor por dentro. ¿Qué ha pasado? Te siento debilitarte lejos y no recuerdo.
Choco contra el suelo. ¿Dónde estoy? Inmensa oscuridad a mi alrededor. Soy tu sombra y te siento lejos. Luchabas contra uno de los peores seres monstruosos, eso lo recuerdo. Mantenía tu equilibrio y tu cordura, pero el sudor ya recorría tu rostro. Te cubrían más heridas de las que podía contar. Dolor y furia. Tajo de espada y giro, revés y estocada, metal contra carne, todo cubierto de sangre. Esta lucha te estaba costando más de la cuenta.
Vuelvo en mí, a la oscuridad, y aparece un brillo, varios de ellos. Seres luminosos que eliminan los rastros de sombras que se separan de sus dueños. No puedo dejarte ahora cuando más lo necesitas, debo llegar hasta ti sorteando a cada uno de ellos. Siento tu dolor, arriba, todavía lejano. Debo subir a ayudarte lo antes posible, cada minuto es un minuto menos de tu vida.
Me levanto, respiro profundamente y saco fuerzas. Esta vez seré yo quien te salve, el que ayude al héroe, aunque solo sea tu sombra. Hay un camino, puedo volver a subir y encontrarte. Solo he de seguir los rastros de luz que han caído conmigo. Decidido, comienzo a subir como puedo, con paso firme pues mi vida, y la tuya, está en juego. Puedo salvarte y sé que voy a hacerlo.
Tras un pequeño tramo me acecha uno de los seres luminosos. ¿Puede verme? Yo por si acaso me escondo entre las sombras de un árbol viejo, me mimetizo. Se me acelera el pulso y tengo miedo, está muy cerca. ¿Seguro que aquí no me ve? ¿Y si puede sentirme? Pero termina pasando de largo y yo respiro, no puedo seguir quieto mucho más tiempo. Sigo subiendo, esquivando otros seres luminosos, ahora más tranquilo. Me resbalo y casi me caigo, pero mantengo el equilibrio. Soy una sombra sin su dueño y sigo subiendo. Cada vez te siento más cerca, el recuerdo es más intenso. Algo pasó y por eso caí, no tardaré en entenderlo. Sigo tu rastro. Aguanta, que voy subiendo.
Ya llevo bastante andado, saltado y escalado y aun me queda, pero hoy no me detendrá el cansancio. Más seres luminosos, según asciendo son más grandes, algunos incluso se separan en varias partes. Tengo miedo, me cuesta soportar el sonido que producen entre el viento, pero por ti aguanto. Un paso y me escondo, por los pelos no lo cuento. Otro paso y dos saltos. Soy tu sombra y sigo subiendo.
Más camino. Me rodean
varios seres luminosos. ¿Dónde me escondo? No hay nada cerca y se me tensa el
cuerpo. No hay salida. ¿Tanto esfuerzo para morir en el intento? No pienso
permitirlo, soy tu sombra y llegaré hasta ti, no voy a dejarte solo. Pienso
rápido, casi los siento pero no dejaré que me domine el miedo. Miro hacia
arriba y tengo una idea. Mi salvación. Me agacho y salto con todas mis fuerzas,
estiro mis dedos para alcanzarlo. Siento que me arde la pierna, han llegado
hasta mí. Pero logro agarrarme a tiempo. Me ha salvado la fina sombra de un
peñasco suelto, al mimetizarme con ella he vuelto a pasar desapercibido, con
una quemadura pero vivo. Soy tu sombra y debo seguir subiendo.
Cada vez estoy más cerca. Me he topado con varios fragmentos de tu energía y ya recuerdo. Te viste débil, incapaz de derrotar al enemigo. Yo quise gritarte, pararte, pero no me hiciste caso. Tomaste una decisión dura para ayudar a los demás, salvar al mundo aunque fuese sobre ti mismo. Supiste que la única forma de vencerlo era ser todo luz, el poder más intenso. Con un tajo de tu espada cortaste el suelo y mediante uno de tus hechizos separaste tu sombra del cuerpo. Te separaste de mí para ser luz pura. Y yo caí a este pozo sin fondo. Derrotaste al monstruo con todo tu poder, pero por el rabillo del ojo te vi caer debilitado. La luz pura consume totalmente el cuerpo. Ahora sé que debo correr para arreglar esto. Y no estoy enfadado, hiciste lo correcto. Pero no pensaste en ti y en lo que te causaría, preferiste morir solo si así salvabas el mundo. Pero yo soy tu sombra, el guardián del guardián, y no dejaré que esto acabe así.
Ya me queda poco, puedo verte brillar algo más arriba. De repente me sorprende un ser luminoso inmenso. Pierdo equilibrio y caigo. ¿Cómo he podido despistarme tanto? Me agarro a una rama y salto como puedo. Tengo que eliminarlo para llegar hasta ti, este no voy a poder sortearlo. Y veo el brillo de tu espada y corriendo la recojo. Aunque soy más de ser tu escudo, creo que podré con ello. Corro hacia el ser, espada en alto, se gira hacia mí y tengo que saltar para esquivarlo. Intento cortarle pero es muy rápido, más de una vez me quema y por ti sigo avanzando. El ser me come terreno, no soy tan hábil con la espada como creía. Me atrapa contra la pared y me muero de miedo. Solo un último esfuerzo. Sobre mí oigo un grito, tu grito. Y sonrío, aun sufriendo luchas. Tu cabeza se asoma a la grieta y distraes el ser luminoso que decide seguir los gritos y mirarte. No debo perder tiempo, hago un giro de muñeca y corto al ser luminoso en dos. Estalla al instante en mínimas partículas brillantes.
Con rapidez subo el pequeño tramo que queda. Y te encuentro, por fin te siento del todo, dolor que te quema por dentro. Me abalanzo a abrazarte para volver a ti. En cuanto te toco comienzo a absorber parte de la luz para que no te siga dañando. Nos vamos entrelazando. Y te noto temblar, lágrimas sobre el suelo. Has oído mi susurro de que siempre te estaré protegiendo. Y sonríes. Volvemos a ser uno y te calmo cuanto puedo. Ahora sabes que no estás solo, que soy tu abrazo en los días malos y el escudo cuando lo necesitas. Soy tu sombra, pero tú y yo, juntos, somos mucho más que eso.
Cada vez estoy más cerca. Me he topado con varios fragmentos de tu energía y ya recuerdo. Te viste débil, incapaz de derrotar al enemigo. Yo quise gritarte, pararte, pero no me hiciste caso. Tomaste una decisión dura para ayudar a los demás, salvar al mundo aunque fuese sobre ti mismo. Supiste que la única forma de vencerlo era ser todo luz, el poder más intenso. Con un tajo de tu espada cortaste el suelo y mediante uno de tus hechizos separaste tu sombra del cuerpo. Te separaste de mí para ser luz pura. Y yo caí a este pozo sin fondo. Derrotaste al monstruo con todo tu poder, pero por el rabillo del ojo te vi caer debilitado. La luz pura consume totalmente el cuerpo. Ahora sé que debo correr para arreglar esto. Y no estoy enfadado, hiciste lo correcto. Pero no pensaste en ti y en lo que te causaría, preferiste morir solo si así salvabas el mundo. Pero yo soy tu sombra, el guardián del guardián, y no dejaré que esto acabe así.
Ya me queda poco, puedo verte brillar algo más arriba. De repente me sorprende un ser luminoso inmenso. Pierdo equilibrio y caigo. ¿Cómo he podido despistarme tanto? Me agarro a una rama y salto como puedo. Tengo que eliminarlo para llegar hasta ti, este no voy a poder sortearlo. Y veo el brillo de tu espada y corriendo la recojo. Aunque soy más de ser tu escudo, creo que podré con ello. Corro hacia el ser, espada en alto, se gira hacia mí y tengo que saltar para esquivarlo. Intento cortarle pero es muy rápido, más de una vez me quema y por ti sigo avanzando. El ser me come terreno, no soy tan hábil con la espada como creía. Me atrapa contra la pared y me muero de miedo. Solo un último esfuerzo. Sobre mí oigo un grito, tu grito. Y sonrío, aun sufriendo luchas. Tu cabeza se asoma a la grieta y distraes el ser luminoso que decide seguir los gritos y mirarte. No debo perder tiempo, hago un giro de muñeca y corto al ser luminoso en dos. Estalla al instante en mínimas partículas brillantes.
Con rapidez subo el pequeño tramo que queda. Y te encuentro, por fin te siento del todo, dolor que te quema por dentro. Me abalanzo a abrazarte para volver a ti. En cuanto te toco comienzo a absorber parte de la luz para que no te siga dañando. Nos vamos entrelazando. Y te noto temblar, lágrimas sobre el suelo. Has oído mi susurro de que siempre te estaré protegiendo. Y sonríes. Volvemos a ser uno y te calmo cuanto puedo. Ahora sabes que no estás solo, que soy tu abrazo en los días malos y el escudo cuando lo necesitas. Soy tu sombra, pero tú y yo, juntos, somos mucho más que eso.
lunes, 28 de noviembre de 2016
Despertar
Y descubrí que el tiempo es tiempo,
que no deja mirar atrás.
Da lugar al triste olvido,
al dolor y a no soñar.
Mas llegaste tú a mi mundo,
sonreíste a la eternidad.
Devolviste mi alegría,
desempolvaste mi verdad.
Que la magia surge
y me enloquece.
Nos envuelve sin cesar.
Que te pienso y te suspiro.
Que te sueño, te anhelo y te sonrío.
Te rodeo con mis brazos
y me vuelvo a despertar.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Lágrima inocente
La ciudad
gritaba, silenciosa, con sus luces fugaces. Brillaban una detrás de otra,
alargándose hasta el final de su aliento. Cualquiera diría que era la ciudad la
que corría y el tren el que estaba quieto. Mis ojos cansados buscaban detenerse
en algún punto, ni si quiera yo sabía qué andaban buscando. Una llama ardía
dentro de mí, furiosa, notaba las lágrimas agolparse y yo no quería dejarlas
caer. Solo quería perderme, simplemente olvidar. Lo que nadie sabe de estudiar
magia, lo que nadie te cuenta, es que no es tan divertido como nos lo pintan.
Ser mago conlleva muchas responsabilidades, vivir en un mundo elitista, en un
mundo injusto. Mas no quería pensar en ello, hoy no. No más luchas internas,
estaba demasiado cansado.
Ensimismado
en este devenir de luces en un cielo apagado, apenas noté el tren detenerse en
una de las estaciones de su viaje. Un fuerte pálpito se acomodó en mi pecho y
un escalofrío me recorrió el cuerpo. La "Llamada del Guardián" como
la denominaban en la escuela. Una lágrima inocente que avisa de la necesidad de
protección y ayuda. Alguien me llamaba.
Me levanté
del asiento con rapidez y no me detuve hasta que no crucé las puertas. Fue
entonces cuando me di cuenta de que ni siquiera sabía dónde me había bajado.
Busqué un letrero que diese nombre a mi ubicación y descubrí que nunca antes había
estado en esa zona de la ciudad. No importaba, tenía un deber que cumplir y por
ello comencé a caminar, sin saber muy bien hacia donde y fiándome de mi
instinto.
Elegí especializarme
como guardián para poder ayudar a la gente, era una forma noble de utilizar la
magia y proveía de mucho conocimiento y hechizos de todo tipo. Además, siempre
te premiaban con sonrisas.
Seguía
andando, fijándome en los detalles, analizando las calles y girando cuando el
pálpito se intensificaba. Edificios y casas de todo tipo, colores que preferían
ocultarse en esta noche y luces ya no tan fugaces. Algunos paseaban, otros
reían, pero ninguno era el artífice de mi llamada. Seguí caminando, sabía que
podría encontrarte. Farolas y señales, suelo empedrado y mi sombra en la
calzada. Aun oía tu llamada.
No sé cuanto
anduve, desapareció mi percepción del
tiempo. No me importaba, ya estaba cerca, algo en mi interior me lo confirmaba.
Y me detuve, todo mi cuerpo supo que ahí estabas. Alcé la mirada y pude ver tu
ventana, aun con luz en su interior. Era esa o ninguna, la ventana más hermosa
y carcelaria. Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Conjuré un hechizo de invisibilidad
y comencé a levitar. Ascendí hasta el alféizar y descubrí quien me llamaba. Tú,
sentado en tu silla estudiando, nervioso y preocupado. El chico de mi escuela
que conocí en el lago, aquel que me pidió ayuda para capturar los diablillos
que se habían escapado, que manejaba a la perfección los hechizos de agua.
Sonreí sin darme cuenta. Era irónico, fuiste el primero en el que pensé al
notar la llamada, siempre me acuerdo de la lágrima inocente con la que tu piel
está marcada. Atento a tus apuntes, hacías bailar gotas de agua entre tus largos
dedos. Me quedé hipnotizado con aquella danza, movías los dedos con cuidado. Detecté
tu ánimo intranquilo, saturado, y abrí mis labios para susurrar los versos de
un hechizo de calma. Sin parar, lo ligué con otro de aumento del ánimo.
Suspiraste, se te veía cansado. Reconocí tu gesto, algo más alegre. Esa media
sonrisa que me dedicas cuando nos encontramos, cuando tras las clases hablamos.
Seguí
observándote otro rato, cuidando tu estado. Finalmente, estiraste tus brazos y
decidiste dar el estudio por terminado. Apagaste la luz y cerraste los ojos sobre
la almohada. Aun debía cuidarte, algo dentro de mí me decía que no había
acabado. Deslicé mi cuerpo por la ventana, abierta por el calor ambiental, y me
acerqué a tu yo tumbado. Formulé uno de mis mejores hechizos de suerte y lo
activé con el contacto de mis labios sobre tu frente. Abriste los ojos despacio
y rompiste mi invisibilidad con tu mirada, ni siquiera estabas asombrado. Y sonreíste
como el verano, cálido y agradable, como el recuerdo de las olas acariciando mi
cuerpo. La respiración se me detuvo por un momento.
- Pensé en
ti y al final has venido.
Sonreí y me
hiciste un hueco, dejando que me recostara a tu lado. Posaste tu rostro sobre
mi pecho y yo decidí rodearte con mis brazos, darte todo mi apoyo.
- Duerme
tranquilo, yo te estaré guardando- susurré en tu oído.
- Gracias
por venir a cuidarme- dijiste mientras se te cerraban los ojos. Pronto estarías
soñando con los mejores sueños que podía haber encontrado.- Por acudir a mi
llamada.
- Nunca
dejaré de hacerlo.
martes, 19 de abril de 2016
Negro Puro
Los últimos
posos de claridad despuntaban el firmamento. Rayos anaranjados atravesaban los
ventanales, adornando así el cabello de mis compañeros con reflejos dorados.
Quedaban pocos minutos para que pudiésemos irnos a casa. Las clases sobre los
Devoradores eran interesantes, mas hoy había sido un día cansado. La Academia
Folklore se enorgullecía por preparar muy bien a sus alumnos: entrenamiento
físico todas las mañanas y conocimientos teóricos por las tardes. Nos enseñaban
a manejar diferentes armas para eliminar a los Devoradores que osasen cruzar
las grietas. Sin embargo, yo tenía otros métodos de lucha, te tenía a ti. Desde
que nací te tuve cerca, te podía sentir. Me ayudabas cuando hacía falta,
siempre estabas ahí. No existíamos en el mismo mundo pero, de alguna forma, nos
unía un vínculo. Nacimos entre las grietas y éstas formaron parte de nosotros.
Estábamos conectados mentalmente y, aunque no podíamos vernos ni tocarnos
directamente, sabíamos que nos teníamos el uno al otro.
Comenzamos como
dos amigos prácticamente normales, charlábamos de nuestras cosas y nos
ayudábamos. Crecimos totalmente juntos. Sin embargo, aprendimos a usar esto a
nuestro favor. Descubrimos que la unión no solo servía para comunicarnos,
podíamos sentir lo que el otro sentía e incluso podíamos compartir habilidades
controlando brevemente el cuerpo del otro. Yo de un mundo centrado en el
desarrollo tecnológico y tú parte de un mundo mágico. Ambos existían en
equilibrio unidos por las grietas.
Aunque era mi
campo, tú aprendiste a manejarte con las armas mucho mejor. Yo, en cambio, tuve
mayor facilidad a la hora de usar la magia que te enseñaban. Nos
compenetrábamos.
«Leo.»
El sonido de tu
voz acompañó la campana de fin de clases, me despertó de mi ensimismamiento.
Algo se removió en mi interior. No era el sonido de la campana, era el sonido
de alarma. Me levanté de mi pupitre como había hecho ya la mayoría de la clase.
Los Devoradores debían de haber cruzado una grieta cercana, últimamente lo
hacían con demasiada frecuencia. Como
siempre, tú los habías detectado rápido.
«Se acercan
rastreadores a tu posición.»
Tu voz sonaba
serena, me recordó cómo conseguía calmarme cuando éramos más jóvenes. Ahora no
me ponía nervioso ante éstas situaciones. Recogí mis dos pistolas y palpé mi
cinturón para cerciorarme de que estaba la empuñadura de mi sable. Salí
corriendo del aula. Normalmente había que pasar primero por la sala de control
para saber dónde estaban atacando, pero yo no lo necesitaba. Esquivé a mis
compañeros y bajé corriendo las escaleras. Empezaba a notar la adrenalina
recorrer mi cuerpo.
«¿Hacia dónde
Noel?»
Te pregunté
mientras corría.
«Dirígete hacia
el sur, hacia los jardines.»
Sin dudarlo un
momento crucé los portones y me dirigí hacia donde decías. Seguía oyéndose la
alarma y pude observar que ya había llegado alguno de los alumnos aventajados,
armas en mano. Entre los árboles podía apreciar la agitación de la batalla, esto
había empezado. Agarré una de las pistolas y recogí mi empuñadura para activar
el sable. Se formó una afilada hoja metalizada al pulsarla.
«Toma el
control.»
Noté tu calor
en mi interior y aumentó más mi euforia.
Mi cuerpo entrenado seguía tu danza. Me hiciste correr hacia un árbol,
agarrándote a sus ramas para subir más alto, y saltaste desde arriba. Giraste
en el aire y con mi mano apuntaste al rastreador más cercano. Disparaste.
Caímos cerca del enemigo, la bala había acertado en una de sus patas. Agitaba
la cola y mostraba sus dientes. De un salto se abalanzó sobre mí, era muy
rápido, pero tus reflejos lo eran aún más. Conseguiste parar el ataque con el
filo del sable y usaste mi fuerza para apartarle. Gruñó enfadado. No podíamos
darle tiempo a que volviese a atacar.
«Te toca.
Utiliza la magia como solo tú sabes.»
Me devolviste
el control de mi cuerpo y me cediste tu energía. Noté la grieta encenderse en
mi interior, la magia fluyó a través de nosotros.
«Fuego.»
Convertí tu
energía en calor hasta que prendieron llamas en mis manos, les di forma de
esfera y mediante un ágil movimiento se las lancé al rastreador. Chocaron
contra su pelaje azulado, consiguiendo que el enemigo se desplomase en el
suelo. Antes de que se levantase corrí hacia él e hice un gesto hacia un
arbusto cercano.
«Crece.»
Conseguí que
sus ramas comenzasen a moverse y a deformarse para atrapar al rastreador.
Llegué hasta él y volví a abrir el sable para clavárselo sobre los ojos,
manchando la hierba con su sangre.
«Uno menos.»
Giré sobre mi
mismo y observé a varios estudiantes y profesores enfrascados en sus propias
batallas. Todo a mi alrededor era frenético.
Sin casi darme
cuenta me rodearon otros dos rastreadores.
«No bajes la
guardia. Déjame el movimiento y los disparos, tú lanza hechizos para apoyarme.»
«De acuerdo.»
Volví a cederte
el control. Atacaste al rastreador de mi derecha. Estocada al lomo. Levantó sus
garras y las esquivaste. Noté cómo se acercaba el otro.
«Pulsión.»
Lo aparte con
una onda antes de que se acercara. Entre tanto, tú seguías atacando. Golpe,
revés y giro. Corte tras corte, esquivando cola y garras. Más de una vez nos
golpearon, mi cuerpo recibió más de una herida. Sangre y adrenalina. Sabias
moverte, bailar en la batalla, y en poco tiempo conseguiste que el rastreador
se debilitase.
«Descarga
eléctrica.»
Unos rayos
fluyeron por el cuerpo del monstruo haciendo que se retorciera. Finalmente cayó
inerte sobre el suelo.
De repente noté
un fuerte golpe a mi espalda. El otro rastreador. ¿Cómo podíamos haberlo
olvidado? Pero tus reflejos seguían igual que siempre. Tras el golpe giraste mi
cuerpo y disparaste.
«Explosión.»
Hice que la
bala estallara al tocar al enemigo, lo que le hirió gravemente. Aun así, éste
siguió en pie y comenzó a babear de rabia. No sé cómo pudo hacerlo pero el
rastreador saltó en el aire. Tú conseguiste esquivarlo tranquilamente, salvo
por parte de la saliva, que me quemó un poco el brazo. Ácido. Ésto era nuevo,
ningún otro rastreador tenía saliva ácida. ¿Qué estaba pasando? Mientras me
debatía tú seguiste esquivando ataques y lanzando estocadas. Abajo, salto y
giro, espadazo, espadazo y barrido. Al final conseguiste acertarle en el cuello
de un corte limpio. Cabeza y cuerpo se desplomaron inertes en la hierba,
habíamos vencido.
«Algo no va
bien. Cada vez aparecen con mayor frecuencia y van siendo más poderosos. ¿A qué
será esto debido?»
Al parecer, por
lo que podía observar en los rostros de los demás, terminando con los enemigos
y resoplando, no éramos los únicos a los que les inquietaba la situación.
- Estamos en
guerra.- Anunció la potente voz del director, que se acercaba mostrando un mapa
en su dispositivo holográfico.- Han aparecido Devoradores por todo el mundo,
las grietas se están saturando.
- Eso no puede
acabar bien.- Gritó uno de los presentes.- En comparación con toda la
población, somos pocos los que sabemos defendernos.
- ¿Realmente
creéis que podremos con todos?
- Tenemos que
defender a nuestros seres queridos.
- No podemos
permitirlo.
Todos
comenzaron a dar su opinión al respecto, cada uno más asustado al anterior.
Comenzaban a perder la calma.
- Que no cunda
el pánico.- Si algo se le daba bien al director era proyectar su voz, hacerse
oír.- Somos la defensa principal de éste mundo. No es solo que debamos
defenderlo, es que podemos.
Las palabras
parecieron animar el ambiente en cierta medida. Ciertamente estábamos entrenados
contra todo tipo de situaciones.
Me di cuenta de
que hacía un rato que no decías nada, estabas pensando.
«¿Qué corroe
por tu mente?»
«¿Tanto se me
nota?»
Casi pude
apreciar tu sonrisa burlona. Conocía demasiado bien ese tono de voz que ponías
cuando te pillaba.
«Sabes que no
podréis con tantos, que no solo os enfrentais a los que ya están dentro,
seguirán entrando más si no hacemos algo.»
«No quería
decirlo en voz alta, pero también lo he pensado. Nos enfrentamos a algo grande.
¿Qué sugieres?»
Sabía que tu
mente avispada ya había pensado en algo. No eres de los que solo piensa en los
problemas sin buscarles soluciones.
«Hay una
opción, pero es arriesgada.»
«Lo que sea si
así conseguimos solucionarlo, no soportaría ver mi mundo destruido.»
«Déjame que te
guíe entonces. Observa a través de mis ojos, ésta aventura transcurre en un
mundo de fantasía.»
No pude evitar
sonreír, siempre conseguías darle un toque épico a la vida.
«¿Ni si quiera
vas a comentarme el plan? ¿Ni una pistita?»
«Cuantos menos
detalles sepas mejor. No querrás que te desvele el final de la historia, ¿no?
Por cierto, con el último hechizo has puesto mis reservas al mínimo, necesitaré
un rato antes de que podamos volver a lanzar alguno.»
Asentí
alegremente sabiendo que sentirías el movimiento y accedí a tu mente, me puse a
observar desde tus ojos. Todo se llenó de color a nuestro alrededor. Vuestros
jardines siempre estaban llenos de una flora fascinante. Vegetación de hojas
azuladas, flores de pétalos luminosos e incluso zarzas plateadas. Siempre me
había parecido precioso. Y me acordé de lo que comentabas cuando éramos
pequeños, que la magia era como los colores del mundo y que, cuanto más oscuros
tuvieses los ojos, más poder podías absorber. Nunca supe si creérmelo del todo,
pero me gustaba cómo me lo explicabas.
Comenzaste a
caminar abandonando los jardines de tu escuela, un castillito con ladrillos de
distintas tonalidades y grandes ventanales. Aceleraste para adentrarte en la
espesura del bosque. El ambiente parecía sentirse inquieto, éste era el mundo
de los Devoradores, que aunque aquí eran menos hostiles, nunca sabías cómo te
podían contestar si te los cruzabas. Pasaban a nuestro mundo en busca de otros
seres vivos de los que alimentarse ya que les aportaban mayor cantidad de
energía, de ahí su nombre. Arrasaban con todo lo que podían.
Avanzábamos a
paso apresurado, internándonos cada vez más. Como en la batalla, esquivabas
ramas y piedras, saltabas las rocas. Siempre he admirado tu agilidad.
De repente, se
oyó un gruñido y un estruendo de hojarasca y ramas que se partían. Era un
Devorador enorme, un monstruoso tanque, como les llamábamos en la academia. De
pelaje plateado, parecía casi metálico. Grandes garras y una espalda acorazada.
Se alzaba a dos patas, lo que hacía su aspecto mucho más temible e impactante.
Desenvainaste
tu espada de metal templado y saltaste antes de que reaccionara. Comenzaba la
batalla.
Corriste hacia
el inmenso ser, buscando atacar sus piernas y giraste la espada para acertarle.
El monstruo se apartó e intentó destriparte con una de sus garras, pero era
demasiado lento para ti. Esquivaste sin problemas, utilizaste el impulso para
deslizarte y atacar con un barrido. Acertaste en el talón, pero contra ese
mastodonte no era más que un rasguño. Volviste a levantarte, espadazo tras
espadazo, girabas para acertarle y saltabas para esquivarle.
«Vuelvo a estar
casi cargado, aunque no del todo.»
Esa era mi
señal para empezar a lanzar hechizos. Pero yo ya los estaba preparando desde
antes.
«Ventisca de
hielo.»
El aire comenzó
a arremolinarse a tu alrededor y fue bajando su temperatura. Se formaban cristales
de hielo y, cuando estuvo lista la dirigí contra nuestro enemigo. La dureza del
hielo lo detuvo y congelé el pelaje de sus patas, no podía moverse y concentré
el ataque en el resto de su cuerpo. Se le clavaron varios cristales, derramaba
lágrimas de sangre por varias heridas. Tú aprovechaste el momento. Te apoyaste
en una de sus patas flexionadas para impulsarte. Desde arriba levantaste la espada
por encima de tu cabeza y, al caer, descendiste en punta sobre su cabeza. Sin
embargo, un segundo antes de ensartarle, se desprendió del hielo con un rugido
terrible y de un zarpazo te dejó en el suelo. Intentaste levantarte, pero
resbalaste en los restos de hielo. Mi propio hechizo se volvió contra ti. El
tanque ya estaba encima de ti, veía su saliva descender por su boca,
acariciando sus afilados dientes. ¿Cómo había cogido tanta velocidad?
Intentaste parar su golpe con la espada, mas te la lanzó demasiado lejos para
alcanzarla. Sentí tu impotencia y sus garras volvían a descender, tenía que
hacer algo. Acumulé gran cantidad de energía y recé para que funcionara lo que
pasaba por mi cabeza. Alcé tu mano hacia la cabeza del monstruo y disparé. El
estruendo llenó el lugar. Había funcionado, podía incluso notar tu asombro.
Conseguí traer una de mis pistolas a tu mundo. Volviste en ti y te apartaste
antes de que te aplastase el cuerpo inerte del Devorador. Después te quedaste
resoplando un rato en el suelo.
«¿Cómo lo has
hecho?»
«Utilizando la
misma idea por la que tú traspasas la magia a mi mundo.»
«Siempre
agradeceré tu gran astucia y rapidez mental.»
Noté una
sonrisa formarse en tu rostro y convertirse en carcajada. Yo te acompañé riendo
también.
Al rato, y
cuando ya nos calmamos, te levantaste dolorido y cansado, siempre lo dabas todo
en la batalla.
«Aura
sanadora.»
Recordé
pronunciar para curarnos, aproveché incluso para curar mi propio cuerpo al otro
lado.
«Gracias Leo.
Tú siempre tan atento. Debemos continuar.»
Y proseguimos
nuestro viaje hacia aquel sitio misterioso, profundizando aun más en el bosque.
Hacía rato que había anochecido y se oían los susurros de la noche. Me fijé en
como tus movimientos no se sumaban como
sonidos, eras tan grácil que no crujías rama alguna. Y me fascinaba como, con
tus ojos, podíamos ver mejor en la oscuridad. Estaba encantado con tu mundo.
«¿Cuándo me vas
a decir a dónde vamos?»
«Pronto, no
seas impaciente.»
«No me llevarás
a un sitio "tranquilo" para pasar los últimos momentos antes de que
los Devoradores destruyan mi mundo, ¿no?»
«Me conoces
demasiado bien.»
Comenzamos a reírnos del comentario, con la risa casi acompasada, era demasiado divertido
sentirnos mutuamente, se intensificaban las sensaciones. Si no fuese por el
peligro que corría mi mundo, ésto sería casi un paseo agradable. Pasaron varios
minutos en nuestro propio silencio hasta que volviste a pronunciarte.
«Estamos
llegando.»
Al fondo, entre
los árboles pude apreciar lo que parecía ser un antiguo edificio. Se oía el
sonido lejano de agua corriente. Y al acercarnos un poco más se mostró ante
nosotros una imagen maravillosa. Era una especie de templito de pisos
escalonados, hecho con bloques de piedra rojiza y adornado con hiedras doradas
que lo rodeaban. Pero lo más impresionante era que estaba en el centro de un
pequeño lago, sobre una isla a la que se accedía por un puentecito de piedra
esculpida. Además, de la cima del templo caían unas cascadas por cada una de
las cuatro caras, una de ellas separada en dos por un tejado a dos aguas que
guardaba la entrada.
«¡Es
impresionante!»
«Por supuesto,
a ver si te crees que te voy a llevar a sitios feos. Vamos dentro y te explico
lo que he... hemos venido a hacer.»
Entraste por el
arco de entrada y comenzaste a descender las escaleras hacia el interior del
templo. El pasadizo estaba iluminado por lucecitas flotantes. Me encantaba el
mundo mágico.
Llegamos hasta
el final de los escalones y empecé a extrañarme de que no hubiese nadie cuando
el filo de una lanza nos cortó el paso.
- No podéis pasar al Templo del Cristal.- Dijo el guardia con tono amenazante.
«Duérmele con
un hechizo, no quiero hacerle daño.»
«Vale. Sueño.»
Pero no hizo
nada, el guardia siguió en su puesto. Entonces me fijé en la diadema que
llevaba en la cabeza, con una perla roja enorme, a juego con su armadura dorada
y carmesí.
«Es un bloqueador
de magia por lo que tendremos que actuar al modo directo.»
Desenvainaste
la espada en menos de un segundo y lanzaste una estocada directa a uno de los
pliegues del guardia. Éste fue a defenderse con su lanza pero, de repente, tú
giraste de forma inesperada, le rodeaste y le asestaste un golpe en el cuello con
el mango de la espada. Cayó desplomado creando un estruendo metálico en la
sala.
«No podemos
perder tiempo.»
Dejando el
cuerpo inconsciente del guardia en el suelo corriste hasta el centro de la
sala, donde se hallaba un inmenso cristal flotante que brillaba por sí mismo. El
suelo estaba adornado por runas de distintos colores. Era un lugar muy místico.
«Éste cristal
mantiene las grietas estables, permite el traspaso de energía y la materia de
un mundo a otro. Si nosotros, que albergamos una grieta dentro, lo tocamos
podemos hacer de conductores. Eso crearía una sobreexcitación de energía que
desactivaría la mayoría de las grietas y evitaría el paso de los Devoradores.»
«Pero... eso
también crearía una sobrecarga de energía en tu cuerpo.»
Entonces sentí
unas lágrimas recorrer tu rostro y lo entendí todo. No me explicaste el plan
porque sabías lo que iba a pasar, eres de esas personas que se sacrificaría si
hiciese falta.
«No. Tiene que
haber otra solución, no voy a permitir que hagas eso.»
«¿Hacer el qué?
¿Salvar tu mundo? ¿Salvarte a ti? Está decidido, es lo que debo hacer.»
«Pensaremos
algo, Noel. No tienes por qué sacrificarte.»
Y tu silencio
me hirió más que nada, sentir tus lágrimas agolpadas en tus ojos, sentir las
mías nacientes. Me era imposible imaginarme una vida en la que no estuvieras,
eras parte de mí.
«Lo siento Leo.
Siento no habértelo dicho antes, no quería hacerte daño. Eres demasiado
importante para mí como para no salvarte.»
Pero debido a
la tristeza no supe qué contestar. Habías decidido sacrificarte y no conseguía
asimilarlo. Tú eras la calma de mis días malos, la voz de mi conciencia, el abrazo
con el que borrar mis lágrimas y, sobre todo, la causa de mi sonrisa. Nunca nos habíamos tocado, ni si quiera nos habíamos visto directamente, salvo en
reflejos cuando entrábamos en el cuerpo del otro. Y aun así, con todo lo que
habíamos sentido, todo lo que habíamos vivido, teníamos un vínculo muy intenso.
Yo sabía que te amaba, que mi sueño era encontrarte, vivir junto a ti toda mi
vida, simplemente abrazarte y ser feliz juntos.
«Sé lo que
estás pensando. Yo también desearía abrazarte, tenerte entre mis brazos. Pero
prefiero morir y que tú puedas ser feliz, encontrar otra persona importante. Te
debo mucho y no me permitiría verte sufrir.»
«Yo también te
debo demasiado. No es lógico que para que yo no sufra, seas tú el que lo haga.»
«Consiguiendo
que vivas y seas feliz es la única forma de que yo no sufra.»
Y sin dejarme
un segundo para contestar te acercaste al cristal. Intenté detenerte, pero
habías bloqueado la posesión. Ibas a hacerlo, no había vuelta atrás. Y lo
tocaste. Tocaste el cristal sin miramientos y borraste tu dolor antes de que
pudiera sentirlo. Noté el aumento de energía, sabía que te dolía, y absorto en
mi frustración el mundo se volvió negro.
Abrí los ojos y
ahí estabas. Tú. Físicamente con tus rizos azabache. Tú con tus ojos negros y
esa sonrisa que creaba mareas. Y me abrazaste, me rodeaste con tus brazos con
ternura, tan fuerte y agradable que no podía creerlo. Alojé mi cabeza en tu
pecho y te devolví el abrazo. No era un sueño, pero tampoco era real. Al notar
tu llanto me di cuenta de que estábamos en alguna parte dentro de mí, el hueco
de la grieta.
- He conseguido
unos minutos de despedida.- Susurraste al tiempo que se te rompía la voz. A mí
se me rompía el alma.
Yo te abracé
más fuerte, quería que éste momento fuese eterno, y por querer, quería que mis
lágrimas callaran, poder mostrarte mi mejor sonrisa antes de que te fueras.
- No me dejes.
Sin ti la vida es frágil, puede romperse en cualquier momento. Eres el sol que
me da calor, el latir frenético de mi pecho.
- Mi grandioso Leonel,
eres un chico atento y perspicaz, con un ingenio maravilloso. Eres la luna que
brilla en la noche, todo corazón, la brisa fresca en un golpe de calor.
Y aún con
lágrimas en los ojos decidí besarte, posar mis labios sobre los tuyos y
fundirnos, de nuevo, en uno solo. Era mi primer beso, dulce y apasionado. Pero,
mientras ocurría, tú fuiste desapareciendo, desaciéndote en lucecitas blancas.
Dejé de sentir tus labios y lo último que vi fue tu mirada serena, tus alegres
ojos negros. Esbocé por fin el intento de mi mejor sonrisa, y eso te alegró aún
más, tus ojos brillaron más intensamente.
Volví a
despertar, ésta vez realmente y en mi cuerpo. En mi rostro había aún un pequeño
rastro de una sonrisa triste y los suspiros llenaban mi pecho. Estaba en mi
cama, alguien debió de llevarme en el fragor de la batalla. Me acerqué a mi
espejo, ahí estaba yo sintiéndome vacío, pero algo era distinto. Mis ojos, no
eran castaños como siempre. Eran negros, negro puro como los tuyos, negro puro
para poder usar la magia.
- Brisa.
Una corriente
de aire recorrió mi cuerpo y se arremolinó por mi habitación.
Comencé a
llorar, no solo te marchabas para que yo viviera, me dejabas como legado el
mejor regalo del mundo. ¡Muchas gracias Noel! Por existir, por hacerme la vida
más llevadera y por cuidar de mí incluso al irte. Te querré siempre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)